El Múcaro

El Múcaro

Boriverse

(Oswar Nieves © 2026)

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Quick Summary

El múcaro (Megascops nudipes) es el único búho endémico de Puerto Rico, con un canto que incluye un cuarto llamado no clasificado por la ornitología. En la cosmología taína, este llamado se interpretaba como un aviso de los opías (espíritus de los muertos) que se comunicaban a través del ave para anunciar la pérdida de un ser querido de quien lo escuchaba. El texto combina datos científicos reales sobre el ave con recreación literaria basada en fuentes históricas como la Relación de Fray Ramón Pané.

  • El múcaro (Megascops nudipes) es el único búho endémico del archipiélago puertorriqueño, con ojos amarillos y una envergadura de aproximadamente 43 centímetros.
  • Los ornitólogos han identificado tres tipos de llamado del múcaro (territorial, apareamiento, alarma), pero existe un cuarto llamado no clasificado registrado en grabaciones aisladas.
  • Fray Ramón Pané documentó en su Relación acerca de las antigüedades de los indios que los taínos temían el grito del múcaro como señal de muerte o pérdida de un ser amado.
  • Según la cosmología taína, los opías (espíritus de los muertos) se comunicaban a través del múcaro para avisar sobre la pérdida futura de alguien amado por quien escuchaba el canto.
  • El texto aclara que la grabación mencionada y el análisis de frecuencia descritos son reales, mientras que los testimonios históricos son recreación literaria basada en marcos históricos.

Tabla de contenido

Sobre lo que sigue: la ornitología es ciencia. La cosmología taína es historia. Los testimonios que aparecen en las páginas III, IV y V son recreación literaria del Boriverse construida sobre marcos históricos reales. La grabación mencionada en la página VI existe. El archivo donde está depositada es real. El análisis de frecuencia que se describe es real. Lo que el análisis encontró —y lo que la bióloga que lo realizó decidió no publicar— es lo que esta historia examina.

El múcaro: la ciencia detrás del búho endémico de Puerto Rico

El Megascops nudipes —conocido en Puerto Rico como múcaro, vocablo de origen taíno que los cronistas registraron sin detenerse a preguntar qué significaba exactamente— es el único búho endémico del archipiélago puertorriqueño. Ave de rapiña nocturna, color café rojizo con veteado oscuro, ojos amarillos que concentran la luz disponible con una eficiencia que la óptica humana no ha igualado. Wingspan de aproximadamente cuarenta y tres centímetros. Dieta: insectos, lagartos, ranas pequeñas, murciélagos cuando puede atraparlos. Hábitat: bosques húmedos, karso, zonas de transición entre el monte y el campo cultivado.

Su canto varía. Tiene llamado territorial, llamado de apareamiento, llamado de alarma. Los ornitólogos que lo han estudiado durante décadas pueden identificar cada uno con precisión: el territorial tiene cierta cadencia descendente, el de apareamiento se duplica en frecuencia, el de alarma es más corto y más agudo.

Hay un cuarto llamado que los ornitólogos no han clasificado porque aparece en registros aislados que no encajan en ninguna de las tres categorías anteriores y que hasta ahora ha sido atribuido a variación individual, error de grabación, o —en el caso de al menos una bióloga cuyo nombre aparecerá más adelante en esta historia— a algo para lo que la ornitología no tiene vocabulario adecuado.

Ese cuarto llamado es el que esta historia examina.

Qué decía Fray Ramón Pané sobre el múcaro y los opías taínos

Fray Ramón Pané, en su Relación acerca de las antigüedades de los indios —el único documento que registra directamente la cosmología taína desde adentro, aunque filtrado por la comprensión imperfecta de un fraile catalán que entendía el mundo en términos completamente distintos a los que intentaba transcribir— dejó una nota que los estudiosos han leído durante siglos sin que ninguno le diera el peso que merece.

La nota, insertada de manera aparentemente casual entre observaciones sobre los opías, dice esto:

“Tienen gran miedo de las criaturas nocturnas que vuelan y cuyo grito no imitan con la voz sino que señalan con el dedo hacia quien está dirigido, lo cual dicen los behiques es señal de que ese al que señala morirá o perderá a quien más ama, según la luna en que esté el grito.”

Pané interpretó esto como superstición primitiva y no profundizó.

Lo que Pané no entendió —lo que la nota registra sin entender— es que los taínos no creían que el múcaro causaba la muerte o la pérdida. Lo que creían era más sofisticado y más aterrador: que el múcaro sabía. Que era el único ser vivo capaz de percibir lo que los opías —los espíritus de los muertos que vagaban de noche perdiendo gradualmente su ombligo, señal de su humanidad, comiendo guayabas bajo los árboles, existiendo en el espacio entre Coaybay y el mundo de los vivos— le comunicaban.

Los opías sabían lo que iba a ocurrir porque ya lo habían vivido. Estaban fuera del tiempo en que los vivos existían. Veían adelante con la misma facilidad con que los vivos ven atrás.

Y cuando un opía necesitaba avisar —cuando alguien que amaba iba a perder a alguien que amaba— buscaba al múcaro. Se metía en él de la misma manera en que el viento se mete en las ramas de un árbol: sin forma fija, sin permanencia, solo el tiempo suficiente para hacer lo que necesitaba hacer.

El múcaro lo sabía. El múcaro siempre lo supo. Y cantaba.

No hacia el cielo. Hacia la persona.

El behique que explicó esto al padre Pané lo dijo en taíno ceremonial, y el padre Pané lo transcribió en su castellano limitado y algo se perdió en esa traducción, como siempre se pierde algo en esas traducciones. Pero lo que quedó es suficiente para entender la arquitectura del miedo:

El múcaro no anuncia la muerte de quien escucha.

Anuncia la muerte de quien ese que escucha ama.

Esa distinción es todo.

Ciales, 1589: el testimonio de Catalina y el aviso del múcaro

Hay una mujer que los registros de la encomienda de ese año documentan solo por su nombre castellano bautismal —Catalina— y por el hecho de que trabajaba en la cocina del mayoral y que, según el mismo registro, “se puso loca de un día para otro sin causa aparente y hubo que mandarla al campo porque ya no servía para el interior.”

Lo que el registro no dice —lo que ningún registro de la época habría considerado pertinente consignar— es por qué.

Lo que sobrevive, en la tradición oral de las comunidades del centro de la isla, fragmentada y parcialmente transformada por el tiempo como toda tradición oral, es esto:

Que Catalina oyó al múcaro durante tres noches seguidas. Que las tres noches estaba sentada fuera del bohío donde vivían los trabajadores de la encomienda, en el filo entre el campo de caña y el monte donde el sonido de la noche es más denso. Que las tres noches el múcaro cantó de una manera que ella no supo describir exactamente pero que describió así: como si cantara un nombre. No el suyo. El de su hijo, que tenía cuatro años y vivía con ella en la encomienda porque todavía era demasiado pequeño para ser separado de su madre, aunque eso cambiaría al año siguiente cuando el mayoral lo mandara a otra hacienda para pagar una deuda.

Que Catalina no hizo nada con lo que oyó porque no sabía qué hacer. Los behiques que habrían sabido interpretar el llamado estaban muertos o en las montañas. El único conocimiento que le quedaba era el nombre del ave y el miedo que sentía al oírla, transmitido de su madre que lo había transmitido de su madre, sin el contexto que le habría dado significado práctico al miedo.

Que al tercer día de oír el múcaro, su hijo amaneció con fiebre.

Que murió antes de que terminara la semana.

Que Catalina después no pudo trabajar en el interior porque cualquier sonido nocturno —el crujido de la madera de la cocina, el viento en las palmas, cualquier pájaro— le hacía el mismo efecto que la noche en que oyó el múcaro por primera vez: le paralizaba las manos, le hacía perder el hilo de lo que estaba haciendo, la dejaba mirando en la dirección del monte con una expresión que el mayoral interpretó como locura y que era, simplemente, el estado de alguien que ha aprendido que el mundo avisa y que no sirve de nada que avise.

San Juan, 1898: la carta al director sobre el múcaro antes de la invasión de Guánica

El periódico La Correspondencia de Puerto Rico, en su edición del 30 de julio de 1898, publicó una carta al director firmada por un médico llamado Dr. Augusto Ramos Martínez. La carta, escrita con el tono de quien quiere parecer racional pero no puede del todo, decía esto:

“Señor Director: Le escribo sobre un asunto que en circunstancias normales no consideraría digno de su espacio editorial, pero que dado los tiempos que corren me parece pertinente registrar. Durante la semana del 16 al 22 del presente mes, escuché nocturnamente, en el jardín posterior de mi residencia en el Condado, el llamado de lo que identifico como un múcaro. El llamado me fue reportado también por mi vecino inmediato, don Ezequiel Fuentes, y por la cocinera de la casa, Petra Vélez. Los tres coincidimos en que el llamado, que duró entre quince y veinte minutos por noche, tenía una cualidad que no sabemos cómo describir de manera científica. Mi vecino dijo que le sonaba como ‘alguien llorando pero sin tristeza, que es más raro que si hubiera tristeza.’ Yo lo describiría como una cadencia que produce en el oyente la certeza de que está siendo observado con intención, no con indiferencia. Sé que esto suena a superstición campesina y me avergüenza escribirlo. Lo registro porque tres días después de que el múcaro dejó de visitarnos, los norteamericanos entraron por Guánica. Esto puede ser coincidencia. Pero mi vecino Fuentes, que es más viejo que yo y dice recordar historias de su abuela sobre el significado de este pájaro, me dice que no lo es. Que el múcaro nunca anuncia lo que le va a pasar a quien lo escucha. Que anuncia lo que le va a pasar a quien ese que escucha ama. Y que por eso tres personas lo oyeron al mismo tiempo: porque lo que estaba a punto de perderse pertenecía a todos a la vez.”

La carta fue publicada. No generó ninguna respuesta. Puerto Rico había cambiado de mano ese verano y el Dr. Ramos Martínez, como toda la isla, tuvo cosas más urgentes en qué pensar.

Pero la descripción de su vecino quedó en el registro:

Como alguien llorando pero sin tristeza, que es más raro que si hubiera tristeza.

Bayamón, 1985: Carmen Rosario y el cuarto llamado del múcaro

Carmen Rosario tenía cincuenta y tres años cuando escuchó el múcaro por primera vez. Vivía sola en su casa de Bayamón desde que sus hijos se habían ido —uno a Nueva York, otro a estudiar en Mayagüez, la hija menor casada en Ponce. Era viuda desde hacía siete años. Conocía el múcaro de nombre, de las historias que su abuela contaba, pero nunca lo había oído.

Lo oyó durante dos noches seguidas, a finales de octubre.

No estaba en el jardín ni en el monte. Estaba en el árbol de mango que crecía junto a la ventana de su cuarto. Posado ahí, visible desde la cama si ella se incorporaba y miraba hacia afuera, con los ojos amarillos reflejando la luz de la calle.

No cantó el llamado territorial ni el de apareamiento. Cantó el cuarto llamado: ese que la ornitología no tiene categoría para clasificar.

Carmen lo describió así, años después, a su hija que se lo preguntó:

—Era como si alguien estuviera tratando de decirme algo que no tenía palabras. Como cuando una persona sabe que tiene que despedirse pero no sabe cómo, y en vez de decir adiós te mira nada más, y en esa mirada está todo lo que no puede decirse con palabras.

Dos semanas después de las dos noches del múcaro, su hijo en Nueva York tuvo un accidente de trabajo. No murió —quedó con movilidad reducida en una mano y pasó tres meses recuperándose— pero los meses que siguieron fueron los más difíciles que Carmen había vivido desde la muerte de su esposo. No porque la lesión fuera irreversible, sino por lo que la lesión representaba: que su hijo, a quien había mandado lejos para que tuviera una vida mejor, estaba solo en una ciudad que no era la suya, herido, sin que ella pudiera hacer nada desde la distancia excepto llamar por teléfono y oír en su voz que estaba bien aunque no estuviera del todo bien.

Cuando su hija le preguntó si creía que el múcaro lo había predicho, Carmen tardó en responder.

—No lo predijo —dijo finalmente—. Me avisó. Que son dos cosas distintas. Si me lo hubiera predicho, yo podría haber hecho algo. Avisarme solo quiere decir que lo iba a saber cuando pasara. Y que no iba a poder hacer nada igualmente.

—Entonces ¿para qué sirve? —preguntó la hija.

Carmen no respondió de inmediato. Miró por la ventana hacia el árbol de mango donde el múcaro había estado dos noches seguidas y que ahora estaba vacío como siempre.

—Para que no estés sola cuando pase —dijo—. Para que sepas que alguien lo sabía antes que tú. Aunque ese alguien no tenga manos para ayudarte.

La grabación de 2020 que la ciencia no pudo explicar

La Dra. Mariana Vélez Soto, bióloga especializada en aves endémicas del Caribe, llevaba doce años estudiando el Megascops nudipes cuando hizo la grabación que esta historia examina. Era la noche del 5 de enero de 2020. Estaba en el Bosque El Yunque, en la zona de El Yunque Peak, con un equipo de grabación ultrasensible que capturaba frecuencias entre 0 y 22 kilohercios —el rango completo de lo que el oído humano puede procesar y algo más.

Grabó al múcaro durante cuarenta y siete minutos.

En cuarenta y cinco de esos minutos, el comportamiento vocal del ave era completamente normal. Llamado territorial, con la cadencia descendente característica. Nada que no hubiera grabado cientos de veces antes.

En los últimos dos minutos, el patrón cambió.

No de manera dramática. No el tipo de cambio que cualquiera detectaría escuchando el audio sin saber qué buscar. El cambio era sutil: una modificación en la frecuencia fundamental del llamado que el análisis espectral reveló como estadísticamente imposible dado el aparato fonatorio del Megascops nudipes. Las cuerdas vocales del ave no pueden producir esa frecuencia. No tienen la anatomía para ello. Igual que las cuerdas vocales humanas no pueden producir el ultrasonido que los murciélagos usan para navegar: no es una cuestión de entrenamiento sino de biología.

Y sin embargo, ahí estaba en el espectrograma. Una frecuencia que el múcaro no podía producir, producida por el múcaro, durante exactamente dos minutos, en el Bosque El Yunque, la noche del 5 de enero de 2020.

Tres días después, el 7 de enero de 2020, comenzó la secuencia de terremotos del sur de Puerto Rico. El sismo inicial de magnitud 6.4 sacudió la isla en las primeras horas de la mañana, derrumbó edificios en Guayanilla y Guánica, y fue seguido por cientos de réplicas durante semanas. Murieron personas. Miles quedaron sin hogar. El sur de la isla tardó años en recuperarse completamente.

La Dra. Vélez Soto sometió la grabación a revisión de tres colegas ornitólogos. Los tres confirmaron la anomalía de frecuencia. Los tres ofrecieron explicaciones técnicas —malfuncionamiento del equipo, interferencia electromagnética, error de calibración— que la Dra. Vélez Soto verificó y descartó una por una.

Luego preguntó a sus colegas si alguno de ellos, en las cuatro décadas combinadas que llevaban estudiando aves de Puerto Rico, había escuchado alguna vez al múcaro producir ese cuarto llamado.

Dos de los tres dijeron que no.

El tercero —un ornitólogo de setenta años que había pasado su carrera en las montañas del interior de la isla— dijo que sí. Que lo había oído en tres ocasiones distintas. Que las tres veces había ocurrido algo que alguien cercano a él lamentó durante mucho tiempo después. Y que había decidido hace años no incluir esas grabaciones en ninguna publicación porque no tenía forma de explicarlas que no comprometiera su reputación académica.

La Dra. Vélez Soto guardó la grabación en el archivo de la Universidad de Puerto Rico. La catalogó bajo el número de expediente que le correspondía. No la publicó.

No porque no creyera en los datos. Porque los datos no decían lo que ella habría necesitado que dijeran para publicarlos.

Los datos decían: hay una frecuencia aquí que no debería estar. Los datos no decían: de dónde viene esa frecuencia ni por qué aparece exactamente ahí ni qué significa que el mundo vaya a sacudirse tres días después de que aparezca.

Esas preguntas no tienen respuesta en ninguna publicación científica.

Pero las tienen en la tradición oral de una mujer de Bayamón que perdió a su marido joven y crió tres hijos sola y una noche de octubre de 1985 vio un múcaro en el árbol de mango de su ventana y entendió, sin que nadie se lo explicara, que alguien que amaba estaba a punto de sufrir algo que ella no podría evitar.

Lo que el múcaro sabe: por qué el aviso no puede prevenir el dolor

Hay una pregunta que todas las personas que han escuchado el cuarto llamado hacen tarde o temprano.

Es la misma pregunta que enfrenta el protagonista de The Mothman Prophecies —esa película americana sobre otro pájaro presagio, otro mensajero de lo que viene— en el momento en que entiende que el patrón es real y que eso no le sirve de nada: ¿para qué?

Para qué aparece el mensajero si el mensaje es solo que algo va a doler. Para qué sabe el múcaro lo que sabe si lo que sabe no puede cambiarse. Para qué se molesta el opía —el espíritu del muerto que todavía no es muerto, que existe en el tiempo donde el futuro ya es presente— en buscar al búho y meterse en él y cantar con una frecuencia que el cuerpo del búho no debería poder producir, para llegar hasta una ventana de Bayamón o un jardín de San Juan o un campo de caña de Ciales, y avisar.

Si el aviso no sirve para prevenir.

Si el aviso llega siempre en la forma correcta para ser recibido pero nunca en la forma correcta para ser utilizado.

Los behiques que desarrollaron este sistema de comprensión del múcaro —que entendieron la relación entre el ave y los opías y la información que los opías cargan sobre lo que viene— habrían respondido a esa pregunta de una manera que los vivos modernos encuentran difícil de aceptar.

El múcaro no viene para que puedas hacer algo.

Viene para que no estés solo.

Para que en el momento en que el dolor llegue, alguna parte de ti recuerde que algo, en algún lugar del tiempo que ya no es tuyo, lo sabía antes y quiso que lo supieras también. Que el opía —quien sea que estuviera al otro lado de ese canto, quien fuera que amaba suficientemente a quien escuchaba para hacer ese viaje imposible a través del cuerpo de un búho— no te dejó sin preparación. No pudo salvarte. Pero tampoco te abandonó a la sorpresa absoluta.

Hay culturas que llaman a eso crueldad: avisarte de lo que no puedes cambiar. Hay otras que lo llaman cuidado: que alguien que ya no está use lo que tiene para decirte que lo que viene no te encuentra del todo desarmado.

La cosmología taína estaba en el segundo grupo.

No porque fuera ingenua sobre el dolor. Sino porque entendía que el universo tiene una economía de la atención: que lo que se le presta importa. Que ser avisado es ser visto. Que ser visto por alguien que ya se fue, que usa al único ser que puede cruzar ese umbral para decirte que sabe lo que vas a sentir antes de que lo sientas, es una forma de amor que no desaparece con la muerte.

Solo cambia de idioma.

Y el idioma que le queda a los opías es el grito del múcaro en la noche.

Hay una cosa más que vale la pena decir sobre la grabación de la Dra. Vélez Soto.

En el análisis de frecuencia, la anomalía dura exactamente ciento diecisiete segundos. Uno de los colegas que revisó el espectrograma —el ornitólogo de setenta años, el que había escuchado el cuarto llamado tres veces antes y había decidido no publicar— notó algo que ninguno de los otros dos había notado y que mencionó en un correo electrónico privado, no en el análisis formal.

Que si se convertía la frecuencia anómala a notación musical y se tocaba a velocidad humana, producía una cadencia que en ninguna de las tradiciones musicales del Caribe tendría función reconocida.

Excepto en el registro ceremonial de la lengua taína.

Donde esa cadencia —esa secuencia específica de tonos— era la forma de decir en ese idioma lo que en cualquier otro idioma se diría de manera más directa:

Ya sé lo que viene.

Estoy aquí.

No estás solo.

Qué es ciencia, qué es historia y qué es invención literaria en este relato

El Megascops nudipes, el búho endémico puertorriqueño conocido como múcaro, es especie real y documentada, actualmente clasificada como de preocupación menor por la IUCN, aunque su población en bosques primarios ha disminuido desde el huracán María de 2017. Fray Ramón Pané es figura histórica real, su Relación acerca de las antigüedades de los indios es el documento más antiguo sobre cosmología taína, y la cita incluida en la sección sobre los opías es recreación literaria del Boriverse inspirada en su estilo y en el contenido real de su obra sobre los opías. El desembarco estadounidense en Guánica ocurrió el 25 de julio de 1898, dando inicio a la campaña de Puerto Rico durante la Guerra Hispanoamericana. La secuencia de terremotos del sur de Puerto Rico comenzó el 28 de diciembre de 2019 con un sismo de magnitud 4.7 y escaló al evento principal de 6.4 el 7 de enero de 2020, causando daños extensos y el desplazamiento de miles de personas.

La Dra. Mariana Vélez Soto y su grabación son invención literaria del Boriverse. Los testimonios de Catalina, el Dr. Ramos Martínez y Carmen Rosario son recreación literaria. La pregunta sobre para qué sirve el aviso que no previene no es invención de nadie. Es la pregunta más vieja del mundo.

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