Lo que Yemí nunca dijo

Lo que Yemí nunca dijo

Boriverse

(Oswar Nieves © 2026)

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Quick Summary

El relato reconstruye la historia de Yemí, una joven capturada a los quince años en la Costa de Oro antes de completar el ritual de iniciación de su cultura. A través de una pulsera de cuentas azules y blancas que su madre le entregó, la narración muestra cómo el silencio sobre lo vivido en el barco y en la encomienda de Don Cristóbal de Sotomayor tiene peso propio, sin necesidad de nombrar explícitamente los horrores sufridos.

  • Yemí fue capturada a los quince años, antes de cruzar el umbral ritual que la haría mujer según las tradiciones de su pueblo.
  • Su madre le había dado una pulsera de cuentas azules y blancas con hilo de cobre, símbolo de protección y claridad, que nunca llegó a colocarse en la muñeca como estaba previsto.
  • El libro reconoce que Yemí sobrevivió el océano por ser joven y por el valor de venta que eso representaba para los negreros, sin detallar explícitamente lo que eso implicó.
  • Iyá, otra mujer cautiva, reconoció en Yemí signos de sufrimiento sin necesidad de palabras, ofreciéndole apoyo silencioso en la bodega del barco.
  • Yemí desarrolló una capacidad de disociación mental como mecanismo de supervivencia, separando su conciencia de su cuerpo durante los momentos de violencia.

Tabla de contenido

El libro dice: “Yemí en la casa, donde soportaba peores horrores que ninguna hablaba en voz alta.” Esta historia cumple exactamente esa promesa. No nombra lo que el libro no nombra. Pero se niega a actuar como si el silencio fuera inocente. El silencio en esta historia tiene peso, forma y temperatura. Lo que Yemí nunca dijo existió. Cada página de lo que sigue lo sostiene aunque ninguna lo diga.

Yemí antes de la captura: la pulsera que su madre le dio para el umbral

Yemí tenía quince años cuando la capturaron, que en su pueblo en la Costa de Oro significaba que ya no era niña pero que todavía no había cruzado el umbral que la haría mujer del modo en que su cultura entendía esa palabra: con ceremonia, con las mujeres de su familia alrededor, con la bendición de los que venían antes.

Su madre había empezado a prepararla.

No para el matrimonio todavía —quince era joven, los dieciséis o diecisiete eran más comunes— sino para el momento propio. La iniciación que marcaba que lo que venía después te pertenecía a ti, que tu cuerpo y tu historia desde ese umbral serían tuyos para elegir.

Como parte de esa preparación, su madre le había dado una pulsera de cuentas de vidrio azul y blanco trenzadas con un hilo de cobre. Azul por Yemoja —la madre del agua, la protectora de las mujeres. Blanco por la claridad que se supone que trae el cruce del umbral.

Cuando llegue el momento, le había dicho su madre, pondrás esto en tu muñeca izquierda. Y sabrás que lo que te pertenece te pertenece a ti.

Yemí nunca cruzó ese umbral.

El umbral fue cruzado por ella, sin ella, por hombres que no le preguntaron nada.

Primero en el barco.

Luego en la casa de Don Cristóbal de Sotomayor.

La pulsera sobrevivió la captura porque la llevaba en el bolsillo interior de la ropa, no en la muñeca —su madre la había guardado para el momento correcto, que todavía no había llegado. Sobrevivió el barco porque nadie buscó en ese bolsillo. Sobrevivió los primeros meses de la encomienda porque Yemí aprendió muy rápido que lo que no se ve no se toma.

La pulsera nunca llegó a su muñeca izquierda.

Yemí la llevaba en el puño cerrado, algunas noches, cuando el silencio de la noche tenía su densidad particular y el cuerpo necesitaba tener algo en las manos que viniera de antes de todo esto.

Las cuentas eran azul y blanco.

El hilo de cobre seguía intacto.

Lo que el libro no dice sobre por qué Yemí sobrevivió el océano

Hay una cosa que el libro no dice sobre por qué Yemí sobrevivió el océano.

El libro dice que sobrevivió porque era joven, y que los negreros sabían que las jóvenes se vendían por más. Eso es cierto. Es exactamente tan cierto como suena y el horror de que sea cierto es exactamente tan completo como parece.

Lo que eso significaba en la práctica —lo que significaba en las semanas del barco que Iyá y las demás mujeres en la bodega escuchaban sin ver, porque lo que ocurría a Yemí ocurría en otra parte del barco, en los momentos en que la sacaban de la bodega con razones que los marineros no explicaban porque no necesitaban explicar— es lo que esta historia no va a decir.

No porque no haya palabras.

Sino porque Yemí nunca las usó, y esta historia pertenece a ella.

Lo que sí se puede decir es lo que Iyá notó cuando Yemí volvía: que la niña que bajaba de vuelta a la bodega tenía una manera de sentarse contra la pared que Iyá reconoció, no de haberla visto en Yemí antes, sino de haberla visto en mujeres que habían aprendido a hacer su cuerpo lo más pequeño posible. No para esconderse. Para ocupar el espacio exacto que les pertenecía sin que ninguna parte de ellas sobresaliera.

Iyá le extendió la mano en la oscuridad de la bodega la primera vez que volvió.

Yemí la tomó.

No habló.

Tampoco hacía falta.

Cómo Yemí aprendió a separar el cuerpo de sí misma

A los quince años, cuando el cuerpo todavía está aprendiendo lo que es, recibe ciertas lecciones más profundo que otras. No porque las elija. Sino porque a cierta edad el cuerpo es permeable de maneras que después se cierran —para bien y para mal, las dos cosas al mismo tiempo.

Lo que el cuerpo de Yemí aprendió en el barco y después en la casa de Don Cristóbal de Sotomayor fue a separarse.

No de manera dramática, no de la manera que los libros de medicina describirían décadas después con vocabulario clínico. De una manera práctica y silenciosa y completamente funcional: que había una parte de ella que podía estar presente en el cuerpo mientras que otra parte se iba a otro lugar. Que ese otro lugar no estaba lejos —no requería esfuerzo alcanzarlo, con el tiempo fue haciéndose más accesible, más inmediato— y que en ese lugar no llegaban ciertas cosas.

En ese lugar había la lluvia sobre el techo de la casa de su madre. La voz de su madre diciéndole cosas sobre el umbral y la dignidad y la pulsera de cuentas azules. El olor del mercado de su ciudad por la mañana, cuando el aceite de palma todavía no había empezado a calentarse y el aire tenía esa calidad limpia de lo que todavía no ha empezado.

El cuerpo estaba donde estaba.

Yemí estaba donde Yemí podía estar.

Con el tiempo, esa habilidad se convirtió en lo más propio que tenía. Lo que nadie le había dado y nadie podía quitarle: la capacidad de encontrar ese lugar en menos de un segundo, de estar ahí con tanta completitud que lo que ocurría al cuerpo ocurría en una región que ella reconocía como suya pero que no era todo lo que era.

No era fortaleza en el sentido que los libros usan esa palabra.

Era algo más honesto: era la única arquitectura disponible para seguir siendo algo más que lo que esos hombres creían que era.

Por qué Iyá nunca nombró lo que veía en Yemí

Iyá veía todo.

Yemí lo sabía. Era la cualidad de Iyá que hacía que las otras mujeres del barracón la buscaran con los ojos cuando necesitaban confirmar si algo estaba bien —Iyá leía por debajo de las superficies con una atención que no cedía.

Lo que Iyá veía en Yemí existía completamente en el espacio entre las dos, sin necesitar palabras. Las palabras habrían sido una intervención incorrecta. Lo que Yemí callaba lo callaba con una precisión que Iyá respetaba porque entendía —no de haberlo experimentado de la misma manera, sino de haber puesto la mano en la espalda de suficientes personas en suficientes noches del barco— que hay silencios que la persona que los tiene los necesita.

Que ese silencio era de Yemí. Que era lo único que era completamente de Yemí.

Iyá no lo nombraba.

Nombrarlo hubiera significado que existía también en el espacio entre las dos, y entonces ya no sería completamente de Yemí.

Lo que sí hacía Iyá era contar. Todas las noches, antes de dormirse, contaba a las presentes en el barracón con la misma atención con que había contado a las presentes en la bodega del barco. Para saber si el número era el número que debía ser.

Y cuando Yemí llegaba tarde —que a veces llegaba tarde, que eso también era parte de lo que esta historia no nombra pero sostiene— Iyá esperaba. Con los ojos abiertos en la oscuridad. Sin mover nada. Sin hacer nada que pudiera interpretarse como pregunta.

Esperaba hasta que el número fuera el que debía ser.

Entonces cerraba los ojos.

Las manos de las madres: lo que las tres compartían en el barracón

Yemí hablaba en las noches del barracón sobre otras cosas.

Sobre la lluvia. Sobre Adé y su manera de moverse en la cocina. Sobre el mar que seguía existiendo al otro lado de la isla aunque ella no hubiera vuelto a verlo.

Una noche habló sobre su madre.

No sobre lo que su madre le había dado —eso no lo dijo— sino sobre las manos de su madre. Las describió con una precisión que no correspondía a alguien que simplemente recuerda, sino a alguien que tiene esas manos grabadas en algún lugar del cuerpo que los recuerdos normales no alcanzan: el ancho de las palmas, la dureza específica de los nudillos, el modo en que olían a aceite de palma y a algo dulce que Yemí nunca había identificado en ninguna otra persona.

Iyá escuchó sin interrumpir.

Adé escuchó desde el fingido sueño que era su manera de dar espacio.

Cuando Yemí terminó, el barracón estuvo en silencio un momento.

Luego Adé, sin abrir los ojos, dijo: las manos de mi madre olían a especias del mercado y a la tela con que fabricaba las cestas.

Pausa.

Iyá: las de la mía a la tierra del río después de la lluvia.

No era consuelo. No era el intento de hacer que doliera menos. Era simplemente la constatación de que había tres personas en ese barracón y las tres tenían manos de madre grabadas en algún lugar que las paredes del barracón no alcanzaban, y que eso era real y existía aunque nadie más lo viera.

Las tres estuvieron en silencio después de eso durante lo que pudo ser mucho tiempo.

El tipo de silencio que se puede habitar.

El tipo que tiene textura de tela nueva.

La noche en que Yemí eligió el brazo de Iyá en la oscuridad

Hubo una noche —Yemí no recordaría después exactamente cuándo— en que llegó tarde y se acostó entre Iyá y Adé sin decir nada.

El cuerpo tenía esa forma que aprendía a tener. Pequeño. Ocupando el espacio exacto.

Adé fingía dormir.

Iyá no dormía.

Iyá extendió el brazo.

Solo eso. Sin palabras. Sin pregunta. El brazo extendido en la oscuridad ofreciendo el espacio que había debajo.

Yemí tardó.

Ese momento antes de que Yemí tomara el espacio —ese momento donde decidía— fue el primer acto de elección verdadera que su cuerpo había tenido desde la captura. Porque la mano de Iyá esperaba pero no exigía. Estaba ahí si Yemí la quería. Y quedarse o no quedarse era completamente de Yemí.

Yemí eligió.

Se acomodó bajo ese brazo con la precisión de alguien que encuentra el lugar que tiene exactamente su forma, que es siempre más simple de lo esperado: no una solución, no una respuesta, no el borrado de lo que había pasado. Un brazo. El calor de un cuerpo que eligió estar ahí sin condiciones.

La pulsera de cuentas azules y blancas estaba en el puño cerrado de Yemí.

El hilo de cobre seguía intacto.

La pulsera en el bolsillo: cuando Yemí decidió que sería juntas o nada

Cuando Iyá les contó sobre el behique y el canto y el manglar, Yemí escuchó sin interrumpir.

Adé dijo: estás loca.

Yemí estaba pensando.

Iyá había dicho: morimos libres, eligiendo, no como ganado sino como guerreras. Y había dicho algo sobre el hambre y sobre ser consumida y sobre la diferencia entre morir de cualquier manera y elegir para qué.

Yemí reconoció eso.

Llevaba meses siendo consumida de una manera que nadie nombraba. Y en todo ese tiempo, la única cosa que no habían podido tomar era la decisión de dónde iba cuando el cuerpo ya no podía ir a ninguna parte. Ese lugar adonde se iba. Ese lugar donde esperaban las manos de su madre y el olor del mercado y la lluvia sobre el techo de antes.

Esa decisión había sido suya todo el tiempo.

Y Iyá le estaba ofreciendo ahora una elección visible. Una que ocurriría en el mundo exterior, que el mundo registraría —aunque lo registrara mal— como real.

Yemí llevó la mano al bolsillo donde guardaba la pulsera.

La sostuvo entre los dedos sin sacarla.

Las cuentas azules y blancas. El hilo de cobre. Lo que su madre le había dado para el umbral que nunca llegó de la manera en que debía llegar.

—Juntas o nada —dijo.

No por Iyá. No por Adé. Por ella. Porque llevaba seis meses sobreviviendo sola en ese lugar adonde se iba cuando el cuerpo ya no podía ir a ninguna parte, y la idea de que hubiera algo que fuera a hacer con otras dos personas, de que hubiera un acto que las tres eligieran juntas, que existiera en el mundo en vez de solo en el interior —eso era nuevo. Eso no lo habían podido tomar todavía.

Eso todavía estaba disponible.

La pulsera de Yemoja en la Noche de San Juan de 1591

Cuando las llamas empezaron, Yemí cantó.

No con la voz de alguien que no tiene miedo. Con la voz de alguien que tiene todo el miedo y que canta de todas formas porque ese es exactamente el punto —que el miedo y la elección pueden estar en el mismo cuerpo al mismo tiempo, que uno no borra al otro.

Antes de que llegaran los españoles al manglar, en los minutos en que las tres cantaban en el agua brillante con el canto que el behique le había enseñado a Iyá, Yemí sacó la pulsera del bolsillo por primera vez desde la captura.

La sostuvo en la palma abierta un instante.

Las cuentas azules por Yemoja, que estaba en el agua que las rodeaba. Las blancas por la claridad del umbral. El hilo de cobre todavía intacto después de todo lo que había pasado.

Su madre le había dicho: cuando llegue el momento, sabrás que lo que te pertenece te pertenece a ti.

El momento no fue el que su madre había imaginado. No había sido ninguno de los que habían llegado después.

Fue este.

Yemí se puso la pulsera en la muñeca izquierda con los dedos que seguían cantando las diecisiete sílabas.

Las llamas llegaron.

Siguió cantando.

Lo que le había hecho la encomienda no era la historia completa de Yemí. Lo que le había hecho el barco no era la historia completa de Yemí.

Esto también era Yemí. Esta voz. Esta pulsera. Esta elección.

Este momento en que su cuerpo —el que había aprendido a hacerse pequeño, el que había aprendido a irse a otro lugar, el que había sobrevivido lo que no debería haber tenido que sobrevivir— era completamente suyo para usarlo en algo que ella había elegido.

Las cuentas azules y blancas brillaron con la luz del fuego del manglar.

Yemoja estaba en el agua.

Yemí estaba en el agua.

Las dos presentes.

Las dos al fin en el mismo lugar.

Àṣẹ.

Qué es historia documentada y qué es invención literaria en este relato

La violencia sexual contra mujeres y niñas esclavizadas durante el Medio Pasaje y en las encomiendas del Caribe colonial está ampliamente documentada por los historiadores modernos, aunque los registros contemporáneos la invisibilizaron sistemáticamente. Las niñas de quince años eran particularmente vulnerables tanto en los barcos —donde la “valoración” de las jóvenes tenía implicaciones que los registros de venta documentan indirectamente— como en las casas de las encomiendas, donde las esclavizadas domésticas tenían la menor protección y el mayor acceso por parte de los dueños y sus allegados.

Las cuentas de vidrio azul y blanco son el color documentado y reconocido de Yemoja/Yemayá en la tradición yoruba y en la santería, usado en collares y pulseras rituales (elekes e ides) hasta hoy. El acto de ponerse una pulsera de este tipo era y es en la tradición un acto de consagración y de pertenencia a sí misma.

Yemí y su historia son invención literaria del Boriverse. Lo que ella representa es historia documentada que el registro oficial decidió no escribir.

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Solo faltaba quien lo escribiera.
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