Taína, la esposa de Yurá

Taína, la esposa de Yurá

Boriverse

(Oswar Nieves © 2026)

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Quick Summary

Este relato narra los últimos momentos de Yurá, un joven que se convirtió en behique, junto a su esposa embarazada Taína, en los días previos al solsticio marcados por presagios inquietantes en la naturaleza. La historia entrelaza el amor entre ambos con señales ominosas —animales silenciados, un guaraguao circulando sin descanso— que anticipan una pérdida inminente. La narración culmina en una última noche de confesiones y consejos que Yurá deja como legado para su hijo por nacer.

  • Taína está embarazada y siente los primeros movimientos de su hijo mientras su esposo Yurá, un behique, talla un amuleto de hueso en forma de flor para ella.
  • Se conocieron cuatro años antes en un areíto de cosecha, cuando Yurá aún era un joven torpe que cargaba calabazas de agua para los ancianos behiques.
  • Días antes del solsticio, señales inquietantes en la naturaleza —silencio de los coquíes, un guaraguao circulando sin posarse, perros gruñendo hacia el río— anuncian algo grave.
  • La anciana behique Mabó le cuenta a Taína la historia de Itiba Cahubaba, insinuando que algunos sacrificios alimentan a quienes vienen después.
  • En su última noche juntos, Yurá le da a Taína instrucciones sobre cómo criar a su hijo, dejándole un mensaje sobre escuchar el río con respeto.

Tabla de contenido

I. Anichi

El niño se movió antes del amanecer, un golpe suave bajo las costillas, como un puño pequeño tocando una puerta que aún no existía. Taína despertó con la mano ya puesta sobre el vientre, sintiendo ese latido nuevo y diminuto que llevaba semanas aprendiendo a distinguir del suyo propio.

Afuera, el yucayeque empezaba a respirar. Voces bajas, el golpe parejo del guayo contra la yuca, el olor del casabe subiendo desde los buréns encendidos. Taína se incorporó en la hamaca y buscó con los ojos a Yurá antes de buscarlo con las manos, una costumbre vieja, de los primeros meses de matrimonio, cuando todavía no creía del todo que él fuera suyo para quedarse.

Lo encontró sentado en el umbral del bohío, de espaldas a ella, tallando algo pequeño en un trozo de hueso. No se había ido aún a sus deberes con los ancianos. Eso, en sí mismo, era extraño.

—¿Qué haces despierto a esta hora, sentado como un dujo viejo?

Él se volvió, y por un instante —tan breve que ella no le dio importancia hasta mucho después— algo cruzó su rostro que no era sorpresa ni alegría, sino el dolor de mirar una cosa que se sabe que se va a perder.

—Te hice esto.

Le tendió el hueso tallado: una flor pequeña, de pétalos toscos pero reconocibles, colgada de un cordel fino de cabuya.

—Ilewei —murmuró ella, tocando la talla con un dedo.

—Para que la lleves cuando el niño nazca. Para que sepa que su padre pensaba en flores mientras esperaba.

Taína se rió, sorprendida por la ternura repentina, y se colgó el amuleto al cuello. El hueso quedó frío contra su piel un instante, y después se calentó con el calor de su propio cuerpo, como si la flor también tuviera un corazón que aprendía a latir junto al de ella.

II. Areíto

Se habían conocido cuatro años antes, en un areíto de la cosecha, cuando Yurá todavía era un muchacho flaco que cargaba las calabazas de agua para los ancianos behiques y nadie sospechaba que sus manos guardarían algún día el peso de cantos antiguos. Taína lo vio bailar mal, torpe, pisando los pies de las demás muchachas, y se rió de él en su cara, sin malicia.

—Bailas como una jutía con las patas atadas.

—Y tú hablas como una guacamaya que no conoce el respeto —respondió él, sonriendo, y esa fue toda la guerra que hizo falta entre ellos.

Lo que la asustó, después, no fue él. Fue lo que él llevaba dentro: esa quietud extraña que algunos jóvenes cargan, esa atención a cosas que los demás no ven. Cuando los ancianos behiques empezaron a llamarlo aparte, Taína sintió, antes de que nadie le dijera nada, que estaba enamorándose de alguien que ya no sería completamente suyo.

—Si te entrenas como behique

—le había dicho una noche, sin rodeos—, ¿qué parte de ti me queda a mí?

—Toda la que tú quieras tomar. Lo que aprendo de los espíritus no me lo quita nadie. Pero lo que siento por ti tampoco.

Ella decidió creerle. Y durante cuatro años, le había sido cierto.

III. Uateke

Los días antes del solsticio, el mundo empezó a hablar en un idioma que Taína no supo leer a tiempo.

Una noche, los coquíes se callaron. Todos a la vez, como si una mano invisible les hubiera tapado la boca al unísono, y el silencio que dejaron fue tan completo que Taína se despertó por la ausencia del sonido, no por un ruido. Yurá ya estaba despierto, mirando hacia la oscuridad del techo de yagua.

—¿Los oyes? —preguntó ella.

—Los oigo callarse —respondió él, y no dijo nada más.

Un guaraguao empezó a circular sobre el bohío al amanecer, dos días seguidos, describiendo el mismo círculo lento sin posarse nunca. Y los perrillos mudos del yucayeque —esos que no ladraban, solo gruñían— pasaron una tarde entera gruñéndole a la dirección del río, sin que nadie pudiera explicar por qué.

Taína fue a buscar a Mabó, la behique más vieja, pensando que tal vez los ancianos sabrían leer esas señales mejor que ella.

—El pueblo está raro —le dijo—. Los animales están raros. ¿Sabes algo?

Mabó la miró con unos ojos que de pronto parecieron cargar dos mil años de cansancio, y en lugar de responder, le contó una historia vieja: la de Itiba Cahubaba, la madre que murió dando a luz a cuatro hijos gemelos, y de cuyos huesos, partidos y sembrados, nacieron el mar y los peces que alimentan a todo un pueblo desde entonces.

—¿Por qué me cuentas eso ahora? —preguntó Taína, sin entender todavía que la anciana le estaba diciendo, de la única manera que se permitía, que algunos sacrificios alimentan a quienes vienen después, aunque a quien los hace le cuesten todo.

—Porque hay historias que una mujer necesita conocer antes de que las necesite —dijo Mabó, y no agregó nada más.

Taína se quedó pensando en esa frase durante días, sin saber todavía contra qué la estaba preparando.

IV. La última noche

La última noche, Yurá no durmió. Taína lo sintió moverse a su lado, inquieto, y cuando le puso la mano en el pecho para calmarlo, él la cubrió con la suya y la dejó ahí, como si quisiera asegurarse de que el latido de ella —y el latido más pequeño, más nuevo, del niño entre los dos— quedaran grabados en su palma para siempre.

—Cuéntame algo que no me hayas contado.

Y Yurá, en la oscuridad del bohío, le habló de su madre, de cómo ella le enseñó a reconocer las constelaciones antes de que los behiques le enseñaran nada; le habló del primer día que la vio bailar mal en el areíto; le habló de cómo imaginaba al niño, o a la niña, corriendo por el batey con la misma risa de su madre.

—Si es niño, enséñale a escuchar el río. No por miedo. Por respeto. Dile que el agua siempre dice la verdad sobre lo que esconde, si uno aprende a quedarse quieto el tiempo suficiente para oírla.

—¿Y si es niña?

—Entonces enséñale lo mismo. El río no elige a quién le habla.

Taína no entendió, en ese momento, que le estaba dejando instrucciones. Se durmió con la cabeza en su pecho, escuchando el corazón de él latir bajo su oreja, sin saber que era la última vez que lo escucharía latir de esa manera, vivo y simple, sin piedra de por medio.

V. Güey

La mañana del solsticio amaneció clara, sin una nube, el sol subiendo derecho como si también él supiera que ese día había sido elegido para algo. El guaraguao ya no circulaba. Los perrillos mudos no gruñían. El silencio, esta vez, era distinto: no de presagio, sino de algo que ya había comenzado a cumplirse.

Yurá se levantó antes que ella, ya vestido, mirándola con una expresión que ella confundió con simple cansancio.

—Tengo deberes con los ancianos en el río. No sé cuánto tardaré.

—¿Hoy? ¿En el solsticio?

—Por eso mismo hoy.

Se acercó y le besó la frente, después el vientre, con una lentitud que en cualquier otro día ella habría disfrutado sin pensar.

—Vuelve pronto.

—Voy a estar contigo de todas las formas que pueda —dijo, y se fue.

El yucayeque, esa mañana, estaba extrañamente callado. Las mujeres que machacaban yuca bajaban la voz cuando ella se acercaba. Un niño que jugaba cerca del caney corrió a esconderse detrás de su madre al verla pasar.

El sol llegó a su punto más alto y empezó a descender. Y Yurá no volvió.

VI. Ki

Fue Mabó quien finalmente se acercó a ella al anochecer, con los ojos hinchados de un llanto que ya no podía esconder.

—Taína. Tu esposo te dejó algo.

Le puso en las manos una tablilla de madera, tallada con signos pictográficos. Taína leyó su nombre. Leyó la palabra que significaba guardián. Leyó algo sobre el hijo que vendría, sobre amor que no terminaba aunque el cuerpo cambiara de forma, sobre mil años y sobre nunca más poder tocarla.

—¿Dónde está?

—En el río. Es parte del río ahora. Es la piedra que vigila.

Las piernas le fallaron antes de que la voluntad alcanzara a sostenerlas. Taína cayó de rodillas en la tierra del batey, la tablilla apretada contra el pecho, y de su garganta salió un solo sonido —no llanto todavía, algo más antiguo y más roto que el llanto— antes de que, con un esfuerzo que sintió como levantar una montaña con las manos desnudas, se obligara a respirar otra vez.

No gritó más después de eso. No se desmayó. Se quedó sentada con la tablilla en las manos, sintiendo al niño moverse dentro de ella, y pensó —con una claridad fría que la sorprendió a sí misma— que Yurá la había engañado con la mentira más generosa que un hombre puede decirle a su esposa: la de hacerle creer, hasta el último momento, que tenían un futuro ordinario por delante.

La calma que vino después no fue ausencia de dolor. Fue dolor ya convertido en otra cosa, algo que podía cargarse sin que la quebrara cada vez que respiraba.

VII. El río que aprendió su nombre

No se mudó del yucayeque. Taína se quedó. Caminaba hasta la orilla casi todas las tardes, con el vientre cada vez más grande, la flor de hueso golpeando suave contra su pecho con cada paso, y se sentaba en las piedras a hablarle a la corriente.

—No sé si me oyes. Pero voy a seguir viniendo. Y cuando nazca, voy a traerlo aquí también. No para que tenga miedo. Para que aprenda lo que tú me dijiste: que el agua dice la verdad, si uno se queda quieto el tiempo suficiente.

El hijo nació con las primeras lluvias de otoño. Taína lo llamó con un nombre que llevaba dentro la palabra para guardián, y el día en que cumplió la edad suficiente para entender, le colgó del cuello la flor de hueso que su padre había tallado sin saber, todavía, hacia qué destino tallaba.

—Esto era de tu padre —le dijo—. Ahora es tuyo. Para que sepas que pensaba en flores mientras esperaba, incluso sabiendo que no vería el final de la espera.

Y cada solsticio de verano, durante el resto de su vida, Taína caminó hasta el río con su hijo de la mano, y luego sola, y se sentó en las mismas piedras a contarle al agua lo que había pasado ese año.

No supo, porque no podía saberlo, que generaciones después una mujer llamada Sofía Ramos llegaría a ese mismo río buscando respuestas sobre un hambre antigua, y que el nombre de Yurá sobreviviría no en piedra fría y olvidada, sino en la memoria viva de un pueblo que nunca dejó de contarse, en voz baja y junto al agua, la historia del behique que se convirtió en guardián por amor a los que vendrían después.

Como Itiba Cahubaba, cuyos huesos partidos alimentaron al mar entero, Yurá se partió en piedra para que otros pudieran seguir latiendo. Y como toda madre que sobrevive a un sacrificio así, Taína no le dejó al mundo solo un hijo. Le dejó la primera voz de una historia que tardaría siglos en terminar de contarse — un latido más, sumándose al latido oscuro que dormía bajo el agua, esperando su turno de ser escuchado.

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Borioverse
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Solo faltaba quien lo escribiera.
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