El último behique libre

El último behique libre

Boriverse

(Oswar Nieves © 2026)

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Quick Summary

El texto narra la historia de Guarakán, nacido en 1521 en la sierra de Ciales, quien se convirtió en el último behique (chamán) libre de Boriquén tras aprender de un anciano behique las diecisiete sílabas del canto ceremonial de sellamiento. Tras la muerte de su maestro cuando tenía once años, Guarakán quedó como el único guardián de este conocimiento ancestral, viviendo décadas en las montañas mientras observaba la desaparición de la cultura taína bajo la colonización española.

  • Guarakán nació en 1521, el mismo año de la muerte de Juan Ponce de León, en una cueva del karso en la sierra de Ciales.
  • Un anciano behique le enseñó desde bebé las diecisiete sílabas del canto ceremonial de sellamiento, primero como sonido puro y luego con su significado profundo.
  • El anciano behique murió cuando Guarakán tenía once años, dejándolo como el único conocedor del canto ceremonial.
  • Guarakán vivió décadas escondido en las montañas de la isla mientras presenciaba la destrucción de la cultura taína (areítos, bateyes, cemíes) por la colonización española.
  • La historia funciona como antecedente narrativo de los eventos del 21 de junio de 1591 relatados en la obra 'El Latido de Borikén' desde la perspectiva de Iyá.

Tabla de contenido

Esta historia ocurre el 21 de junio de 1591, entre el amanecer y la tarde, en los campos de caña del norte de Boriquén. Los eventos de ese día —el encuentro en la maleza, la enseñanza del canto, la muerte del anciano— están registrados en El Latido de Borikén desde la perspectiva de Iyá. Lo que sigue es lo que ocurrió antes de ese momento: quién era el anciano, qué había guardado durante décadas, por qué el mar le devolvió lo que le devolvió, y cómo supo, sin haberla visto nunca, que la mujer que buscaba había llegado al fin.

Guarakán: el último behique libre de Boriquén

Se llamaba Guarakán.

No hay nadie vivo que lo recuerde por ese nombre. No hay areíto que lo mencione, no hay petroglifo con su imagen, no hay crónica española que haya considerado su existencia digna de registro —los cronistas españoles consignaban los nombres de los caciques, no de los chamanes que se escondían en las montañas—. Pero se llamaba Guarakán, y eso importa, aunque solo esta historia lo diga y nadie más quede para confirmarlo.

Nació en el año en que Juan Ponce de León murió, lo cual fue 1521, en un yucayeque en la sierra de Ciales que ya no existe. Nació en el momento exacto en que la conquista había terminado de decidirse —cuando los últimos caciques que resistieron habían caído y los que sobrevivían lo hacían bajo encomienda o en las montañas más altas— y en ese sentido fue el primer ser humano de su línea que vino al mundo sabiendo, antes de saber nada más, que el mundo al que llegaba no era el que había existido antes de él.

Su madre lo parió en una cueva del karso.

No por elección romántica. Por necesidad: el yucayeque había sido diezmado el año anterior, los que quedaban se movían constantemente para no ser encontrados, y la cueva era el único lugar con suficiente quietud para dar a luz sin que los gritos llegaran a los campos donde trabajaban los esclavizados y los oídos de los soldados.

En esa cueva, mientras lo bañaba en el agua fría del río subterráneo, su madre sintió bajo las palmas de las manos algo que no supo nombrar pero que reconoció: un latido. Demasiado lento para ser corazón. Demasiado constante para ser temblor. Venía de la roca misma, de más abajo de donde el agua circulaba, de una profundidad que ninguna antorcha alcanzaría.

Se lo dijo al único behique que quedaba en el grupo —un anciano que arrastraba una pierna desde hacía años, herida de una refriega que ya era memoria vieja— y el anciano puso su oído contra el suelo del mismo modo que lo había visto hacer a su maestro, y al maestro de su maestro, y asintió sin decir nada.

Al día siguiente comenzó a enseñarle al niño.

Guarakán tenía un día de nacido cuando recibió su primera instrucción. No como conocimiento —un niño de un día no puede recibir conocimiento— sino como frecuencia. El behique anciano puso al niño contra el suelo de la cueva y cantó sobre él en registro ceremonial, las diecisiete sílabas en el orden de la serpiente celestial, para que la primera vibración que el cuerpo de Guarakán absorbiera desde el exterior fuera esa. Para que ese canto fuera, de alguna manera que la tradición entendía aunque no podía explicar en términos que los cronistas europeos habrían reconocido, parte de su estructura desde el principio.

El anciano sabía que no le quedaba mucho tiempo. Y sabía que el niño era el último.

Cómo aprendió Guarakán las diecisiete sílabas del canto de sellamiento

Guarakán aprendió las diecisiete sílabas antes que su propio nombre. Aprendió su nombre a los dos años, cuando su madre se lo dijo. Aprendió las diecisiete sílabas a los seis meses, cuando el anciano behique empezó a enseñárselas sistemáticamente, en la oscuridad de las cuevas y en los claros del bosque más espeso, usando un método de repetición que no tenía nada de gentil pero tenía todo de urgente.

El anciano le enseñó el canto primero como sonido puro, sin significado. Igual que un pájaro aprende el canto de su especie: por imitación, por repetición, por la presión constante de la corrección cuando una sílaba fallaba. Solo años después, cuando Guarakán pudo sostenerlo en su memoria con la seguridad con que se sostiene algo que ya es parte del cuerpo, el anciano empezó a enseñarle el significado. No la traducción —las traducciones mienten, decía, porque el registro ceremonial no funciona por equivalencia sino por resonancia—. El significado profundo: qué hace cada sílaba, qué parte del sello activa, qué frecuencia del latido de abajo responde a cada una.

El anciano murió cuando Guarakán tenía once años. Se fue sin ruido, en el sueño, en una noche de lluvia en la sierra de Ciales, sin que nadie del grupo lo notara hasta el amanecer. Guarakán despertó con el cuerpo de su maestro frío a su lado y sintió algo que nunca había sentido hasta entonces: que era el único.

El único que sabía.

No había nadie a quien preguntar si lo estaba haciendo bien. No había nadie que pudiera confirmar que las diecisiete sílabas que él cantaba en sus propias ceremonias —ceremonias solitarias, sin pacientes, sin comunidad, solo él y la noche y el canto— eran correctas. Solo tenía su memoria y la certeza física que el anciano le había enseñado a reconocer: que cuando las sílabas eran correctas, algo en el suelo respondía. Un eco que subía desde muy abajo, demasiado suave para ser oído pero suficientemente real para ser sentido bajo las plantas de los pies descalzos.

Pum-pum.

Así pasó el tiempo.

Guarakán vivió en las montañas de la isla durante décadas, moviéndose cuando necesitaba moverse, escondiéndose cuando necesitaba esconderse, aprendiendo a existir en los márgenes del nuevo mundo que los españoles estaban construyendo sobre los cimientos del que su pueblo había construido y que ahora desaparecía con la velocidad del coral que el mar tritura en arena fina.

Vio desaparecer los areítos. Los bateys se convirtieron en ruinas que nadie visitaba. Los cemíes fueron quemados, enterrados, destruidos con el fervor específico de quienes destruyen lo que temen sin entender. Los behiques que sobrevivieron a la conquista —pocos, poquísimos— fueron muriendo uno a uno, de enfermedad la mayoría, de violencia algunos, de pura soledad de alma los más. Guarakán fue a cada uno que pudo llegar, demasiado tarde siempre, solo para confirmar que no habían enseñado el canto a nadie más, que el canto seguía siendo suyo y solo suyo.

Eso era terror de un tipo que no tenía nombre en español.

Era el terror de ser el último recipiente de algo que el mundo necesitaba y que moriría con él si no encontraba a quien pasárselo.

Pasó años buscando sin encontrar. No buscaba un taíno —quedaban tan pocos, tan diezmados, tan dispersos entre encomiendas y montañas y enfermedades que ninguno tenía la condición para recibir lo que él cargaba. Buscaba algo más difícil de definir: alguien que entendiera el peso sin necesitar que se lo explicaran. Alguien cuya vida hubiera tenido la forma correcta para recibir este conocimiento aunque no hubiera sido entrenada para ello.

El problema era que no sabía exactamente qué buscaba hasta que lo encontrara.

El problema era que podría morir antes de encontrarlo.

El amuleto de coral y hueso que el mar devolvió en 1568

Hay años en que el mar se comporta de manera anómala a lo largo de la costa norte de Boriquén. Los pescadores que conocen esas costas los reconocen: cambios en la corriente, agua que parece más oscura de lo normal, peces que desaparecen de sus bancos habituales durante semanas. Los geólogos modernos los atribuyen a variaciones en el sistema de cavernas submarinas que conecta el fondo del Atlántico con el karso subterráneo de la isla: cuando la presión cambia en las profundidades, el agua se redistribuye, y lo que eso trae a la superficie no siempre es solo agua.

En el año 1568, cuando Guarakán tenía cuarenta y siete años, uno de esos cambios de corriente dejó algo en una playa cerca de Arecibo.

Guarakán encontró el amuleto al amanecer, antes de que nadie más llegara a esa parte de la playa. Estaba sobre las piedras mojadas como si hubiera estado esperando, como si el mar lo hubiera depositado con la precisión de alguien que sabe exactamente dónde tiene que ponerlo para que la persona correcta lo encuentre. Era un objeto de coral y hueso —coral negro del tipo que crece en las profundidades más allá del alcance de cualquier buzo, entretejido con hueso blanco que no correspondía a ningún animal de la isla— trabajado en forma de espiral doble que giraba en dos direcciones simultáneamente, hacia adentro y hacia afuera a la vez, dependiendo del ángulo desde el que se mirara.

Guarakán lo reconoció.

No porque lo hubiera visto antes —nunca lo había visto—. Sino porque su maestro se lo había descrito. La segunda llave. El Objeto que ancla. El amuleto de contención que los behiques de generaciones anteriores habían lanzado al mar en un momento de crisis —cuando había demasiado peligro de que cayera en manos equivocadas, cuando la conquista española amenazaba con arrasarlo todo y alguien decidió que era más seguro en el fondo del Atlántico que en cualquier cueva de la isla— con la promesa de que el mar lo devolvería cuando el momento fuera correcto.

Las mareas siempre regresan, le había dicho el anciano antes de morir. Es la única promesa en la que puedes confiar: el mar siempre devuelve lo que el mar recibe.

Guarakán tomó el amuleto en sus manos y lo sostuvo hasta que dejó de estar frío. Hasta que el calor de su propio cuerpo lo penetró y el espiral pareció, bajo la luz que empezaba a subir sobre el horizonte, moverse con un pulso propio.

Pum-pum.

Desde su palma. Desde dentro del coral y del hueso.

Reconociendo a quien lo sostenía. Verificando que la persona que lo había encontrado era la persona que conocía las diecisiete sílabas. Confirmando que la espera en el fondo del mar había terminado.

Guarakán se sentó en las piedras de la playa con el amuleto en las manos y lloró.

No de alivio. De la responsabilidad renovada que el amuleto traía consigo. Porque el mar lo había devuelto, lo que significaba que el mar sabía algo que él también sabía: que el sello se debilitaba. Que el tiempo se acababa. Que tener la llave sin el portador que la usara era tener una puerta sellada pero con la llave en la cerradura, esperando que cualquier mano ignorante la girara en la dirección equivocada.

Necesitaba encontrar al portador.

Y no sabía cuánto tiempo le quedaba para hacerlo.

La visión de cohoba que le mostró a la mujer que buscaba

Guarakán llevaba décadas sin cohoba. No por falta de acceso a las semillas —el árbol crecía todavía en ciertos lugares de la isla que los españoles no habían talado— sino porque la cohoba requería condiciones que en su vida de escondite eran casi imposibles de sostener. La vulnerabilidad de los estados visionarios profundos requería protección, requería alguien que vigilara mientras el behique viajaba, y Guarakán llevaba décadas solo.

Pero con el amuleto en las manos y el tiempo corriendo, decidió asumir el riesgo.

Se adentró en las cuevas de Ciales en la noche del solsticio de invierno de 1570, con sus semillas y su tablilla de madera y su tubo bifurcado, y con la única protección que pudo darse: el canto cantado en voz baja, las diecisiete sílabas repitiéndose mientras el polvo subía por el tubo y el mundo comenzaba a expandirse.

Lo que vio en esa cohoba no era lo que había visto en las anteriores.

Las cohobas anteriores le habían dado información sobre el estado del sello, sobre los puntos de fractura en la caliza, sobre las frecuencias que necesitaban refuerzo. Esta fue distinta. Esta le mostró una imagen que no pudo procesar al principio porque no correspondía a nada en su experiencia: una mujer que no era de la isla. Cuya piel era más oscura que la suya, cuyos rasgos venían de un continente que Guarakán nunca había visto pero que sabía que existía porque los propios españoles que destruían su mundo habían traído personas de allá en sus barcos encadenadas.

La vio en los campos de caña. La vio bajo el sol que aplastaba. La vio con las manos llenas de sangre de cortes que el cuchillo de cañero hacía en la piel, y con los ojos llenos de algo que él reconoció inmediatamente porque llevaba décadas cargando eso mismo: la diferencia entre quien espera morir y quien espera que algo valga la pena antes de morir.

Los cemíes, en la cohoba, no le dijeron su nombre. No le dijeron dónde encontrarla exactamente. Le mostraron algo más específico y más útil: la forma de su atención. El modo en que sus ojos se movían cuando percibía algo que los demás no percibían. La manera en que se detenía, en medio del trabajo que la destruía, cuando sentía el latido bajo el suelo.

Ella ya lo sentía. Sin entrenamiento, sin instrucción, sin ningún marco de referencia para saber qué era lo que sentía. Pero lo sentía.

Guarakán salió de la cohoba al amanecer, con el cuerpo agotado y la mente más clara de lo que había estado en años.

Veinte años. Eso fue lo que tardó. No porque no buscara —buscaba constantemente, en los bordes de los campos y los mercados y los puertos donde la nueva economía colonial había creado sus propias aglomeraciones de miserables—. Sino porque la mujer que había visto en la visión no llegó a Boriquén hasta 1590, en el penúltimo barco negrero que desembarcó en esa costa antes de que el año terminara.

Guarakán la sintió llegar antes de verla. Fue en la noche en que el barco ancló en la bahía, cuando el latido bajo el suelo cambió de frecuencia de una manera que él había aprendido a leer con la misma precisión con que los marineros leen los cambios en el viento: algo había llegado que el sello reconocía. Algo que tenía la forma correcta para lo que se necesitaba.

La buscó durante meses en los campos de las encomiendas del norte, de lejos siempre, sin acercarse, verificando que lo que había visto en la cohoba correspondía a lo que veía con los ojos. Y correspondía. La mujer que cargaba el agua y cortaba la caña y soportaba lo que soportaba sin quebrarse del todo tenía la misma forma de atención que él había visto en la visión: ese modo de percibir que va más allá de los sentidos inmediatos y toca algo más profundo.

Él la llamó, en su mente, hermana.

No por sangre. Por reconocimiento.

El tipo de reconocimiento que solo existe entre quienes cargan cosas que nadie más puede ver.

Los tres días de tortura española en busca de un oro que ya no existía

Los españoles lo encontraron en marzo de 1591.

No lo buscaban a él específicamente. Lo encontraron por accidente —dos soldados haciendo una ronda por los límites de una encomienda para verificar que ningún esclavo había escapado—, y cuando lo vieron acurrucado en la maleza como el viejo demacrado y herido que era, decidieron que un taíno en las montañas podía saber algo sobre tesoros escondidos, que era la razón que los soldados usaban siempre para justificar la tortura de quien encontraban que todavía hablaba el idioma del mundo antiguo.

No sabían que lo que estaban buscando no existía.

El oro de los taínos había sido extraído, fundido, enviado a España en barcos que cruzaban el Atlántico cargados de todo lo que la isla había acumulado durante siglos. No quedaba. Lo que quedaba era lo que los soldados no podían ver ni imaginar que tenía valor: un canto en registro ceremonial que un viejo cargaba en la memoria como un hombre hambriento carga en el bolsillo el último trozo de pan que le queda.

Lo tuvieron tres días.

Lo que le hicieron en esos tres días está en las heridas infectadas que cubrían su torso cuando Iyá lo encontró. Está en el hueso visible donde la carne cedió. Está en la sangre que tosía con cada esfuerzo.

Lo que no consiguieron en esos tres días —lo que no podían conseguir porque no sabían que era lo que debían buscar— fue el canto.

Guarakán lo cantó durante los tres días de tortura.

No en voz alta. Internamente. Las diecisiete sílabas en el orden de la serpiente celestial, una y otra vez, como una cuerda que se sostiene tensa entre dos puntos y que mientras se sostenga no puede quebrarse. Cantarlo era lo único que tenía. Era el único acto de soberanía disponible para alguien cuyo cuerpo ya no le pertenecía: que lo que vivía en su mente siguiera siendo suyo. Que las diecisiete sílabas siguieran siendo exactas. Que cuando llegara el momento de pasarlas, y ese momento tenía que llegar, tenía que llegar, existieran perfectas y completas como la última mañana que él las había cantado libre.

Al tercer día, cuando los soldados se aburrieron o decidieron que el anciano no sabía nada útil o simplemente olvidaron que estaba ahí, Guarakán se arrastró.

No tenía plan excepto encontrar un lugar donde morir que no fuera ese. Un lugar donde el latido fuera suficientemente claro como para saber que había cumplido. Y mientras se arrastraba por la maleza hacia los campos de caña donde el sol de junio aplastaba todo, pensó en ella. En la mujer de la visión. En la forma de su atención.

En si todavía estaba ahí.

En si llegaría a tiempo.

El encuentro con Iyá y la enseñanza del canto de diecisiete sílabas

La vio antes de que ella lo viera a él.

Estaba trabajando en el borde del campo, lejos del capataz por la geometría del terreno, y llevaba en la mano la calabaza de agua que los esclavizados cargaban para sobrevivir el calor. Guarakán la observó desde la maleza durante el tiempo que tardó en confirmar lo que necesitaba confirmar: que la mujer que tenía frente a él era la misma que había visto en la cohoba de 1570. Que la forma de su atención —ese modo de detenerse un instante extra cuando sentía algo que los demás no sentían— correspondía exactamente a lo que había memorizado durante veinte años de esperar.

Lo que hizo después fue la cosa más difícil de su vida, más difícil que los tres días de tortura, más difícil que las décadas de soledad: confiar.

Confiar en que lo que había visto era real. Confiar en que ella era quien la visión decía que era. Confiar en que el canto —las diecisiete sílabas que había guardado durante setenta años de vida, que eran lo único que quedaba de una civilización entera, que eran la diferencia entre que el hambre de abajo permaneciera contenida o se desatara sobre todo lo que existía— podía vivir en una boca que nunca había aprendido el registro ceremonial de una lengua que no era la suya.

Susurró en español quebrado.

Ella fue hacia él con el agua.

Guarakán bebió y sintió que el agua hacía cosas específicas en su cuerpo: despertó partes que la tortura había apagado. No las curó —no había tiempo para curar— sino las despertó lo suficiente para lo que necesitaba hacer. Para hablar. Para enseñar.

La miró con los ojos que tenía: unos ojos que habían visto la conquista completa de una civilización, que habían visto los areítos quemados y los cemíes destruidos y los yucayeques convertidos en campos de producción para una economía que se alimentaba de cuerpos. Unos ojos que después de todo eso todavía veían, que seguían siendo agudos como obsidiana aunque el cuerpo alrededor de ellos se estuviera apagando.

Y en sus ojos vio lo mismo que había visto en la cohoba.

No esperanza. Esperanza era demasiado frágil, demasiado dependiente del futuro para ser lo que se necesitaba. Lo que vio fue algo más antiguo y más resistente: la disposición. La disposición de alguien que ha perdido suficiente para saber que el miedo a perder más es un lujo que no puede permitirse. La disposición de alguien que entiende, sin que nadie se lo haya dicho, que hay formas de morir que son dignas y formas de vivir que no lo son.

—¿Sabes qué es el manglar? —le preguntó—. El agua que brilla.

Y cuando ella asintió, cuando él vio en ese asentimiento que ella no solo lo había visto sino que lo había sentido, que el latido le había llegado a ella también aunque no tuviera palabras para nombrarlo, supo con una certeza que superaba cualquier certeza que hubiera tenido en setenta años de vida que había encontrado lo que buscaba.

Le preguntó por qué sacrificaría su vida por una isla que no era suya.

Ella le respondió sobre el hambre. Sobre lo que es ser consumida. Sobre la diferencia entre morir de cualquier manera y elegir para qué.

En ese momento Guarakán entendió algo que la cohoba no le había mostrado, que ningún maestro le había enseñado, que décadas de soledad y terror y espera no le habían dado: que el canto no le pertenecía a Boriquén. Le pertenecía al mundo. Que el hambre que dormía en la caliza no distinguía entre taíno y yoruba y español: consumiría todo por igual si se lo permitían. Y que por lo tanto, quien detuviera el hambre no tenía que venir de la misma tierra donde dormía.

Tenía que tener, simplemente, la valentía suficiente para entender lo que estaba en juego.

La mujer que tenía frente a él —con las manos llenas de cortes del cañaveral, con el cuerpo marcado por lo que los hombres le habían hecho desde que la arrancaron de su tierra, con los ojos que miraban el mundo con esa atención extraordinaria que los registradores de la historia no consignarían nunca porque no sabían mirar lo que miraban— era la más valiente que había conocido.

Y había conocido mucho en setenta años.

Le dijo: entonces eres más behique que muchos de los míos.

Y lo decía en serio.

Lo que sucedió entonces fue lo más parecido a una ceremonia que Guarakán había realizado desde que el mundo del que venía había terminado. No tenía cohoba, no tenía dujo, no tenía batey ni areíto ni comunidad de behiques para presenciar. Tenía un campo de caña, una maleza, un sol de mediodía que aplastaba sin piedad, y una mujer yoruba con una calabaza vacía de agua.

Enseñó el canto.

No como lo había aprendido él —con meses de repetición, con corrección constante, con el marco de una tradición que daba sentido a cada sílaba—. Lo enseñó de la única manera que el tiempo disponible permitía: directamente, completo, de una vez. Las diecisiete sílabas en el orden de la serpiente celestial. La tonalidad de cada una, los tonos que el taíno ceremonial requería y que él calibraba con paciencia sobre las cuerdas vocales de una mujer que nunca había cantado en ese registro pero que tenía oído. Oído verdadero: el tipo que recibe el sonido antes de analizarlo, que siente la frecuencia en el cuerpo antes de que la mente la procese.

La oyó cantar y corrigió. La oyó cantar de nuevo y corrigió menos. La oyó cantar por tercera vez y sintió en la planta de los pies, a través de la tierra del campo de caña, una respuesta desde muy abajo.

Pum-pum.

El sello reconociendo la frecuencia.

Verificando que las diecisiete sílabas eran exactas. Verificando que la cadena no se había roto.

Luego sacó el amuleto y lo puso en sus manos.

La miró mientras ella lo sostenía. Vio el momento en que el amuleto dejó de estar frío. Vio el momento en que ella sintió el pulso dentro del coral y del hueso. Vio en su rostro la misma expresión que él había tenido cuando lo encontró en la playa de Arecibo veinte años atrás: no sorpresa, sino reconocimiento. Como si el objeto y la persona ya se conocieran de algún lugar que ninguno de los dos podía nombrar.

Le dijo que escribiría los símbolos con su propia sangre en la arena. No como redundancia —ella había memorizado el canto, él lo había verificado— sino porque quería que hubiera algo físico. Algo que ella pudiera ver con los ojos además de cargar en la memoria. Algo que dijera: esto existió. Esto fue real. Esto no fue tu imaginación.

Lo dibujó en la arena con dedos que ya no tenían mucha sangre que dar, pero que dieron lo suficiente.

El viento tardó diez minutos en borrarlo.

Era suficiente.

La última tarde de Guarakán en los campos de caña de 1591

Guarakán esperó hasta que Iyá desapareció en la dirección del barracón. La observó hasta que no pudo verla más entre los cañaverales.

Luego se recostó en la maleza y cerró los ojos.

No tenía fuerza para nada más, y lo sabía. Llevaba tres días con lo que la tortura le había hecho y el esfuerzo de la enseñanza había consumido lo último que guardaba. Su cuerpo había cumplido exactamente el tiempo que necesitaba cumplir y ahora pedía, con la lógica simple e inevitable de cualquier cosa que ha llegado a su límite, que se le permitiera terminar.

En los minutos que le quedaron, pensó en el anciano que lo había enseñado a él. En la cueva de Ciales, en la lluvia de aquella noche, el cuerpo frío al amanecer. En la soledad absoluta de despertar siendo el único que sabía.

Se preguntó si la mujer yoruba sentiría eso mismo al día siguiente.

Decidió que no. Porque ella tenía a las otras dos. El anciano le había dicho que llegaban juntas, que el libro ya las tenía registradas como conjunto, que donde iba una iban las demás. Eso era algo que él nunca había tenido: compañía en el conocimiento. Hermanas en el peso.

Le pareció, desde donde yacía en la maleza de un campo de caña de una isla que había conocido antes de que existieran los cañaverales y los soldados y los barcos, que era un buen intercambio. Que había valido la pena todo lo que había costado —las décadas de soledad, los tres días, el peso de ser el último— si al final el canto encontraba a quien lo cantara rodeada de alguien que la amara.

Pensó en el latido. Verificó, por último, que seguía donde debía estar.

Pum-pum. Desde abajo. Desde la profundidad que siempre había sido. Contenido. Quieto. Por ahora.

Sonrió.

No de satisfacción —la satisfacción requiere que la historia haya terminado bien, y la historia no había terminado todavía, solo había pasado a manos que podían continuar—. Sino de algo más parecido al alivio de quien ha cargado algo muy pesado durante mucho tiempo y por fin encuentra dónde posarlo.

El sol de junio todavía aplastaba el campo de caña.

Los cañaverales todavía crujían con el trabajo de los que no habían terminado su día.

Y Guarakán, el último behique libre de Boriquén, el cantor de diecisiete sílabas, el guardador del amuleto que el mar devolvió, el hombre que había sobrevivido la conquista completa de su mundo para llegar hasta ese momento y no un instante más, cerró los ojos por última vez.

Con el nombre del canto en la lengua. Con el pulso de la isla bajo la espalda.

Con la certeza, que no era fe sino verificación, de que lo que había guardado seguiría.

Qué es historia documentada y qué es invención literaria en este relato

El personaje llamado Guarakán en esta historia es invención literaria del Boriverse. El encuentro entre un anciano behique y la esclava africana conocida como Iyá, y la enseñanza del canto de diecisiete sílabas, están establecidos como canon en El Latido de Borikén. El amuleto de coral y hueso, devuelto por el mar, es parte del mismo canon. La historia que antecede a ese encuentro —quién era ese hombre, qué había guardado, cómo lo encontró, por qué eligió a quien eligió— es lo que esta pieza imagina con fidelidad a la lógica del universo, no como afirmación histórica.

La práctica de la cohoba con semillas de Anadenanthera peregrina, el concepto de registro ceremonial en la lengua taína, y el sistema de cuevas del karso del norte de Puerto Rico son reales y documentados. Los españoles torturaron a indígenas buscando oro que para 1591 ya no existía. Eso también es real.

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