El nombre que el mar se inventó
Hay algo simbólico en el propio nombre de Roberto Cofresí. Su apellido real no era Cofresí — era Kupferschein, palabra de origen austriaco difícil de pronunciar para el oído caribeño. El pueblo, con esa capacidad que siempre ha tenido para moldear las cosas a su manera, lo fue transformando de boca en boca hasta convertirlo en algo propio: Cofresí. Un nombre que suena al mar, a las olas rompiendo contra los acantilados de Cabo Rojo, a algo que solo podría haber nacido en Puerto Rico.
De alguna manera, ese proceso de rebautismo involuntario resume perfectamente quién fue Roberto Cofresí: un hombre de sangre europea y crianza boricua, demasiado noble para ser del todo pobre, demasiado pobre para vivir de su nobleza, que terminó convirtiéndose en el pirata más famoso de la historia del Caribe — y en el héroe popular más querido que Puerto Rico ha producido en quinientos años de historia colonial.
Esta es su historia. La real, la documentada, y también la que el pueblo decidió contarse a sí mismo mucho después de que el pelotón de fusilamiento hiciera su trabajo.
El hombre detrás del mito: sangre de dos mundos
Roberto Cofresí y Ramírez de Arellano nació el 17 de junio de 1791 en Cabo Rojo, municipio costero en el extremo suroeste de Puerto Rico. Su árbol genealógico era tan improbable como fascinante: por parte de padre, descendía de Franz Joseph von Kupferschein, un aristócrata de Trieste — entonces parte del Imperio Austrohúngaro — cuyas razones para abandonar Europa y establecerse en el Caribe siguen siendo, hasta hoy, un misterio histórico sin resolver. Por parte de madre, descendía de María Germana Ramírez de Arellano, mujer de una familia de abolengo puertorriqueño que trazaba sus raíces, según la tradición familiar, hasta los reyes de Navarra y Aragón y hasta el propio Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador.
Sobre el papel, Roberto Cofresí era un noble. En la práctica, era un joven pobre en una isla empobrecida, criado frente al mar, huérfano de madre a los cuatro años, en una época donde el Imperio Español estaba en franca decadencia y las colonias del Caribe sufrían la presión económica de décadas de políticas extractivas, contrabando estructural y una clase criolla que miraba con creciente resentimiento hacia Madrid.
El mar fue su escape y su vocación desde niño. Para 1818, los registros coloniales lo ubican como marinero activo. Trabajó como pescador, como transportista de mercancías entre municipios costeros, posiblemente como corsario con licencia en algún momento. Su conocimiento de las rutas, las corrientes y los puertos de la costa oeste de Puerto Rico era, según todos los testimonios de la época, extraordinario. Esa intimidad con el mar sería, más adelante, su mayor ventaja contra quienes lo perseguían.
El pirata: 1818-1825
Nadie sabe con exactitud cuándo ni por qué Cofresí cruzó la línea del contrabando hacia la piratería abierta. Lo que sí está documentado es que, alrededor de 1818, comenzó a atacar embarcaciones en las aguas del Caribe con una tripulación pequeña y de confianza — mayormente reclutada entre familiares y conocidos de Cabo Rojo, aunque en ocasiones se le unían hombres de otras Antillas, Centroamérica y Europa.
Sus blancos preferidos no eran barcos españoles ni embarcaciones de sus propios compatriotas puertorriqueños. Atacaba naves extranjeras — estadounidenses, francesas, británicas, danesas — los mismos imperios que controlaban las rutas comerciales del Caribe y que sacaban de la isla recursos que nunca llegaban a beneficiar a su gente. Eso, unido al hecho verificado de que repartía parte del botín entre las comunidades costeras más pobres de la isla, fue sembrando la semilla del mito del Robin Hood boricua desde mucho antes de su muerte.
La eficacia de Cofresí era tal que no solo era perseguido por las autoridades coloniales españolas — en el punto más álgido de su carrera, evadía con éxito a barcos de guerra de España, Gran Colombia, el Reino Unido, Dinamarca, Francia y los Estados Unidos simultáneamente. Para las potencias que controlaban el Caribe, un solo pirata puertorriqueño se había convertido en un problema diplomático de primer orden.
La trampa, la captura y el juicio de un día
Para 1824, la situación había escalado lo suficiente como para que el gobernador español de Puerto Rico, Miguel de la Torre, aceptara ayuda militar internacional. España formó una alianza formal con la Escuadra de las Indias Occidentales de la Marina de los Estados Unidos y el gobierno danés de Saint Thomas — una coalición multinacional cuyo único objetivo era capturar a un solo hombre y sus quince o veinte tripulantes.
El 5 de marzo de 1825, la alianza tendió una trampa. El 2 de marzo, Cofresí había divisado desde la cubierta de su barco El Mosquito lo que creyó era un barco mercante desprotegido — era en realidad la goleta de guerra USS Grampus, bajo el mando del oficial naval John D. Sloat, acompañada de dos balandras españolas. Después de cuarenta y cinco minutos de batalla naval, El Mosquito quedó gravemente dañado y Cofresí se lanzó al agua para nadar hasta la costa. En tierra, soldados españoles que vigilaban el desenlace del combate lo esperaban. Fue capturado herido, en la playa.
Lo llevaron primero a prisión en Guayama. Ahí, según el único registro histórico que confirma que Cofresí ocultó algún tesoro, intentó sobornar al alcalde Francisco Brenes con 4,000 monedas de a ocho que afirmaba tener escondidas en algún lugar. Brenes rechazó el ofrecimiento. Fue el único momento en toda la historia documentada donde aparece una referencia concreta a un tesoro oculto — y es importante notarlo, porque esa sola mención es la semilla de todas las leyendas posteriores sobre el oro enterrado de Cofresí.
Trasladado al Castillo San Felipe del Morro en San Juan, fue sometido a un juicio militar que duró un solo día. El capitán José Madrazo actuó simultáneamente como juez y fiscal. Los piratas tuvieron derecho a elegir abogados, pero las posibilidades de defensa eran mínimas y el papel de los letrados era, en la práctica, una formalidad. Algunos historiadores han señalado que el gobernador De la Torre pudo haber negociado el resultado del juicio de antemano, y que el gobierno de los Estados Unidos ejerció presión diplomática para asegurarse de que la ejecución se llevara a cabo — en julio de 1825, meses después del fusilamiento, el congresista estadounidense Samuel Smith llegó a acusar al secretario de Estado Henry Clay de haber presionado al gobernador español con ese objetivo.
Durante el interrogatorio, Cofresí se mantuvo firme en negar haber matado a nadie. Sin embargo, según una carta enviada al Weekly Register de Hezekiah Niles, habría admitido extraoficialmente haber matado a casi cuatrocientas personas — aclarando que ninguna era puertorriqueña.
El 29 de marzo de 1825, Roberto Cofresí y la mayor parte de su tripulación fueron ejecutados por pelotón de fusilamiento en los campos del Castillo San Felipe del Morro. Tenía treinta y tres años.
El entierro que nadie terminó de resolver
Aquí hay un dato menor pero persistentemente intrigante: los documentos históricos dicen que Cofresí fue enterrado en el Cementerio Santa María Magdalena de Pazzis — el mismo cementerio donde décadas después nacería la leyenda de Pateco. Sin embargo, el cuidador del cementerio que investigadores del siglo XX entrevistaron sostenía firmemente que Cofresí y sus hombres no estaban ahí, porque al haber sido ejecutados como criminales no podían recibir sepultura en tierra católica consagrada. Según ese cuidador, existe un documento que apunta a una colina detrás del cementerio —hoy un terreno verde con vista al mar— donde habrían sido enterrados con cruces, separados del resto.
No hay certeza absoluta sobre dónde descansan los restos de Cofresí. Como con tantas otras cosas en su historia, el archivo y la leyenda nunca terminan de ponerse de acuerdo.
El tesoro que nadie ha encontrado
La única referencia histórica directa a un tesoro oculto de Cofresí es ese intento de soborno en Guayama con las 4,000 monedas. Todo lo demás —y hay mucho— pertenece al territorio de la leyenda.
La más persistente de todas ubica el tesoro en la Cueva de Cofresí, en el Barrio Pedernales de Cabo Rojo, al sur de Boquerón. Según la tradición oral, después de compartir parte del botín con su familia y los pobres del pueblo, Cofresí escondía lo que sobraba en esa gruta costera. El municipio de Cabo Rojo lo confirma sin rodeos: son muchas las leyendas sobre la Cueva del Pirata Cofresí. Hay quien dice que allí escondía los botines que robaba a los barcos mercantiles — pero nunca nadie ha encontrado nada.
Existe también una leyenda sobre otra caverna en Aguadilla, la llamada Cueva de las Golondrinas, y varias historias similares en Culebra, Vieques, y hasta en la Isla de Mona, conectada al folclore del tesoro de Cofresí a través de al menos una novela dominicana publicada en el siglo XX que imagina a una familia moderna descubriendo el oro en esa isla.
El propio Cabo Rojo se convirtió en el primer municipio de Hispanoamérica en erigir una estatua en honor a un pirata: el monumento de Cofresí en la Bahía de Boquerón, esculpido por José Buscaglia Guillermety, es hoy uno de los símbolos más reconocibles del occidente de la isla.
De criminal a héroe: cómo se construye un mito
Hay algo que hace la historia de Cofresí especialmente fascinante para quien quiere entender cómo funciona el folclore: podemos rastrear casi exactamente cómo y cuándo se construyó el mito del Robin Hood boricua.
Las propias autoridades españolas contribuyeron involuntariamente al proceso. Al presentarlo en sus comunicados oficiales como “el señor de los piratas” y “el terror de los mares”, estaban magnificando su figura para justificar el esfuerzo diplomático y militar que requirió capturarlo. Esa narrativa de amenaza extraordinaria terminó funcionando al revés: en la memoria popular, se convirtió en la prueba de cuán extraordinario era el hombre.
Después de su muerte, la tradición oral fue construyendo la imagen que hoy conocemos con rapidez. Para finales del siglo XIX, el escritor Alejandro Tapia y Rivera ya había publicado la primera obra literaria importante dedicada a su figura — una novela titulada simplemente Cofresí, escrita en 1876. Desde entonces, la lista de películas, poemas, obras de teatro, canciones, cómics y novelas inspiradas en su historia es extensa y abarca varios países del Caribe y más allá.
Vale aclarar con honestidad, porque es lo que esta sección se compromete a hacer: el Robin Hood boricua que comparte su botín con los pobres es una imagen poderosa y culturalmente real — pero no está sólidamente documentada en las fuentes primarias de la época. Lo que los archivos confirman es que Cofresí era protegido activamente por las comunidades costeras del oeste de la isla, que le proveían refugio, información y lealtad. Ese nivel de protección popular no ocurre sin alguna forma de reciprocidad. Pero exactamente cuánto compartió, con quién, y con qué regularidad, pertenece más al territorio de la tradición oral que al de los documentos verificables.
Lo que sí está fuera de discusión es esto: cuando las autoridades más poderosas del Atlántico del siglo XIX — España, Estados Unidos, Francia, Gran Colombia, Dinamarca y el Reino Unido unidos — necesitaron años y una coalición multinacional para capturar a un hombre de treinta y tres años en un sloop con quince tripulantes, ese hombre había logrado algo que ningún tratado diplomático ni ningún cañón podía deshacer. Se había convertido en una idea.
Y las ideas, como sabe bien Puerto Rico, son mucho más difíciles de matar que los hombres.
¿Tu familia es del oeste de Puerto Rico y guarda alguna historia sobre Cofresí, sus cuevas, o su tesoro? El Boriverse se construye también de esas memorias. Compártela con nosotros.