La curandera del monte

La curandera del monte

Boriverse

(Oswar Nieves © 2026)

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Quick Summary

El documento reconstruye el expediente eclesiástico de 1591 sobre Francisca, una curandera india de San Juan de Boriquén, acusada de hechicería tras ser vista bajando del monte con plantas y una piedra grabada con marcas indígenas. El auto de denuncia y el primer interrogatorio muestran cómo su detención se vinculó a reportes de actos de brujería ocurridos esa misma noche en el manglar del puerto, y cómo su testimonio final —donde alude a una entidad protectora de la isla anterior al cristianismo— quedó registrado textualmente por orden del Padre Vicario.

  • El expediente pertenece al Archivo Eclesiástico de Boriquén, año 1591, Legajo 'Herejía y Superstición', hallado en la Caja 34 del Archivo General de Puerto Rico.
  • Francisca era una india bautizada en 1562, curandera de oficio heredado de su madre y abuela, sin apellido registrado por no pertenecer al sistema colonial.
  • Fue denunciada por Antonio Muñoz de la Prada tras verla bajar del monte con plantas y una piedra oscura con marcas grabadas, similar a ídolos indígenas.
  • La piedra confiscada presentó fenómenos anómalos: calor al tacto que quemó la mano de un soldado durante dos días.
  • En su interrogatorio, Francisca vinculó su fe cristiana con una entidad ancestral que, según ella, cuida la isla desde antes de la conquista.

Tabla de contenido

Los documentos que siguen pertenecen al Expediente número catorce del Archivo Eclesiástico de Boriquén, año de 1591, Legajo “Herejía y Superstición”, Gobernación de San Juan. Fueron catalogados en la Caja 34 del Archivo General de Puerto Rico junto con el testimonio del Capitán Gonzalo de Mercado sobre los eventos de la Noche de San Juan del mismo año. La investigadora Sofía Ramos accedió a la Caja 34 el 2 de diciembre de 2025 y extrajo el testimonio de Mercado. No llegó a abrir la carpeta siguiente. Esta historia es esa carpeta siguiente.

La mujer identificada en estos documentos como Francisca, india bautizada, curandera del monte, no tiene apellido registrado. Ninguna curandera del monte en Boriquén colonial tenía apellido registrado. Los apellidos eran para quienes pertenecían al sistema que los otorgaba. Ella no pertenecía a ese sistema. El sistema la encontró de todas formas.

El expediente de Francisca, la curandera del monte, en el Archivo Eclesiástico de Boriquén

Documento I: El auto de denuncia contra Francisca la curandera en 1591

Auto de denuncia presentado ante el Padre Vicario Juan de Espinosa
Villa de San Juan, Isla de Boriquén — 24 de junio de 1591

En la Villa de San Juan de Boriquén, ante el Padre Vicario Juan de Espinosa, Clérigo de la Santa Iglesia, en las primeras horas del día viernes veinticuatro de junio del año de Nuestro Señor de mil y quinientos y noventa y uno, compareció a su presencia el vecino llamado Antonio Muñoz de la Prada, labrador, de cuarenta y dos años de edad, quien dijo lo siguiente en razón de su conciencia cristiana:

Que en la noche anterior, noche de San Juan, yendo él de regreso a su casa desde las fiestas de la plaza, pasó por el camino que sale hacia el monte en dirección al interior de la isla, y que en ese camino encontró a la mujer conocida en el barrio como Francisca la curandera, que es india bautizada de no más de cuarenta y cinco o cincuenta años, a quien vio bajar del monte cargando un manojo de plantas y yerbas.

Que la dicha Francisca, al verlo, no se detuvo ni saludó como es costumbre cristiana, sino que apartó el paso y siguió su camino con la cabeza baja.

Que el deponente, impelido por la curiosidad y el recelo, la siguió desde distancia y pudo observar que llevaba entre las plantas una piedra pequeña de color oscuro con marcas grabadas en su superficie, que el deponente reconoció como similar a los ídolos tallados de los indios que el Padre Vicario ha descrito en sus sermones como abominaciones contra la fe.

Que además la dicha Francisca murmuraba palabras en la lengua de los indios viejos, que no es el lengua corriente de los naturales bautizados sino una lengua más oscura que el deponente no pudo entender.

Que el deponente, habiendo recordado que esta misma noche el Capitán Gonzalo de Mercado había dado parte al Gobernador de actos de hechicería en el manglar del puerto, consideró su obligación presentarse ante el Padre Vicario para dar noticia de lo que había presenciado.

Y que así lo declaró y firmó con su nombre, a lo que da fe el escribano infrascrito.

Nota marginal en letra distinta, agregada sobre la firma del deponente: La curandera fue detenida en su casa antes del amanecer por orden del Capitán Mercado. Se la encontró dormida. Las plantas y la piedra estaban junto a ella. La piedra estaba caliente al tacto. El soldado que la tomó reportó que la mano le ardía durante dos días después. No quiso volver a tocarla. Se depositó en el cofre del Padre Vicario envuelta en un paño. El paño amaneció tibio.

Documento II: El primer interrogatorio de Francisca ante el Padre Vicario

Primer interrogatorio de la acusada, llamada Francisca
Por el Padre Vicario Juan de Espinosa — 24 de junio de 1591

Preguntada por su nombre y condición, dijo llamarse Francisca, india bautizada en la misión de la Villa de San Juan en el año de mil y quinientos y sesenta y dos, hija de madre india y padre español que ya era muerto.

Preguntada por su oficio, dijo que era curandera. Que hacía treinta años que curaba con plantas del monte a los enfermos de su barrio, y antes que ella su madre, y antes que su madre la abuela de su madre, que era india de antes de la conquista y que sabía el nombre de cada planta de esta isla y lo que cada planta podía dar o quitar.

Preguntada si reconocía como cristiana la autoridad de esta iglesia sobre su alma, dijo que sí.

Preguntada entonces por qué razón practicaba ritos de hechicería la noche anterior, dijo que no practicaba ningún rito de hechicería. Que había ido al monte a recoger plantas porque las plantas del monte se deben recoger de noche cuando la luna es llena, que es cuando tienen su mayor virtud, que es cosa que cualquier curandera sabe aunque no sepa leer ni escribir ni haber estudiado en ninguna universidad.

Preguntada sobre la piedra con marcas que llevaba consigo, guardó silencio.

Preguntada de nuevo, dijo que la piedra no era suya. Que la había encontrado en el monte.

Preguntada dónde exactamente, guardó silencio otra vez.

El Padre Vicario hizo constar que la acusada respondía con calma que él describió como sospechosa, sin signos de perturbación, con los ojos fijos en sus manos juntas sobre la rodilla.

Preguntada si sabía lo que había ocurrido en el manglar del puerto la noche anterior, dijo que desde su celda había escuchado ruido de la plaza. Que había visto por la rendija de la ventana una luz que no era la de las hogueras normales de San Juan, sino otra clase de luz. Que había rezado.

Preguntada a quién había rezado, dijo que a Dios.

El Padre Vicario preguntó si solo a Dios.

Francisca levantó los ojos de sus manos y miró al Padre Vicario durante un momento que el escribano registró como prolongado, y luego dijo:

A lo que cuida esta isla. A lo que lleva mucho tiempo cuidándola. Que es lo mismo que Dios, Padre, aunque usted no lo llame así.

El Padre Vicario ordenó que se tomara nota de esta respuesta en términos exactos. La hizo repetir dos veces para asegurarse de que el escribano la copiara bien.

El interrogatorio fue suspendido.

Documento III: El testimonio del carpintero Hernán Roca sobre la curandera

Testimonio del vecino Hernán Roca, carpintero, sobre la acusada
25 de junio de 1591

Hernán Roca, de treinta y ocho años, declaró conocer a Francisca la curandera desde hace veinte años, desde que llegó a vivir en el barrio.

Declaró que la dicha Francisca había curado a su hijo de una enfermedad de la piel que los médicos de la Villa no habían podido aliviar. Que había curado también a su mujer de fiebres en el año de ochenta y ocho. Que en el barrio se tenía a Francisca por buena mujer y por cristiana, que rezaba el rosario y asistía a misa.

Preguntado si sabía que la acusada subía al monte con regularidad, dijo que sí, que era cosa conocida. Que los curanderos siempre suben al monte a buscar sus plantas.

Preguntado si sabía que subía de noche, dijo que tampoco era cosa de extrañarse, que las plantas de noche tienen su virtud especial, que eso lo había dicho el mismo boticario de la Villa cuando le recetó algo a su hijo el año anterior.

Preguntado si sabía que la acusada hablaba en la lengua vieja de los indios, Hernán Roca se quedó callado un momento.

Luego dijo que sí. Que a veces, cuando venía a curar, murmuraba cosas que él no entendía. Que su mujer le había dicho que esas palabras eran parte del remedio, que era como si la curandera le explicara a la planta para qué iba a ser usada antes de usarla. Que su mujer pensaba que era una costumbre de los indios viejos que no hacía daño.

Preguntado si eso le había parecido perturbador, dijo que no. Que lo perturbador era ver a su hijo con la cara llena de llagas. Que cuando Francisca curó las llagas le pareció bien todo lo que hiciera.

El Padre Vicario anotó en el margen: Este hombre no entiende que la salud del cuerpo puede costar la del alma.

Hernán Roca firmó el documento con una cruz, ya que no sabía escribir.

Documento IV: El Capitán Gonzalo de Mercado interroga a Francisca sobre el manglar

Segundo interrogatorio de la acusada
Presentes: el Padre Vicario Juan de Espinosa y el Capitán Gonzalo de Mercado — 26 de junio de 1591

Este interrogatorio fue asistido por el Capitán Gonzalo de Mercado a solicitud del Gobernador, dado que los eventos de esta semana en la Villa de San Juan presentan materia conectada y de naturaleza grave.

El Capitán Mercado entró a la sala de interrogatorio y miró a Francisca durante un tiempo antes de hablar. El escribano anotó que el Capitán parecía mal dormido y que sus manos no estaban del todo quietas.

Preguntada por el Capitán si conocía el manglar del puerto, Francisca dijo que sí. Que todos en el barrio conocían el manglar.

Preguntada si había estado en el manglar la noche del veintitrés, dijo que no. Que había estado en el monte del interior.

Preguntada en qué monte exactamente, guardó silencio.

El Capitán Mercado dijo entonces, según registra el escribano, lo siguiente:

Yo he visto esta semana cosas que no debería haber visto. Y lo que vi en el manglar esa noche —lo que emergió del agua antes de que esas mujeres terminaran su canto— era algo que lleva mucho tiempo debajo de esta isla. Lo sentí en los huesos. Y usted, curandera, lo conoce. Por eso sube al monte. Por eso habla con las piedras. Por eso tiene esa piedra con marcas que quema la mano cuando se la toca.

Francisca levantó la vista.

El Capitán Mercado continuó: Le pregunto, y le pido por el amor de Dios que me responda con honestidad: lo que hay debajo de esta isla, ¿es el diablo?

El escribano registra que hubo un silencio largo.

Luego Francisca respondió: No, Capitán. Es lo contrario del diablo. Es lo que el diablo quisiera ser si tuviera esa antigüedad y ese hambre. El diablo es una idea de hombres. Lo que hay debajo de esta isla es anterior a todas las ideas de todos los hombres.

Silencio.

¿Y lo que cuida que no salga? preguntó el Capitán.

También, dijo Francisca. También anterior.

El Capitán Mercado se levantó y salió de la sala. El Padre Vicario registró que al salir el Capitán estaba más pálido de lo que había entrado.

El interrogatorio fue suspendido sin que se llegara a conclusión.

Documento V: La declaración escrita de Francisca sobre las piedras de Jayuya

Declaración propia de la acusada, escrita de su mano
27 de junio de 1591

Nota del Padre Vicario: Concedí a la acusada papel y tinta para que escribiera lo que no podía o no quería decir en el interrogatorio. Lo que sigue es su declaración tal como fue entregada, sin corrección ni intervención. La incluyo en el expediente aunque me pesa hacerlo. No la incluyo como prueba de culpa. La incluyo porque cuando la leí por primera vez sentí algo que no sé nombrar y que no quiero volver a sentir, y me pareció que era mejor que estuviera en un documento oficial que en ningún lado.

Padre Vicario:

Me ha dado papel para escribir lo que no digo en el interrogatorio. Le agradezco el papel. Le digo lo que puedo decir.

Mi madre me llevó por primera vez al interior de la isla cuando yo tenía siete años. No al monte que usted piensa —no al monte cercano donde se recogen las plantas del barrio. Al monte de adentro, al monte de la Cordillera, donde el río baja entre piedras que tienen marcas desde antes de que ningún español pusiera pie en esta tierra.

Mi madre me dijo: hay piedras en este río que son más antiguas que la memoria de nadie. Más antiguas que los propios abuelos de los abuelos taínos. No sé quién las talló. Los behiques más viejos tampoco lo sabían. Solo saben que hay que cuidarlas.

Le pregunté por qué.

Me dijo: porque lo que está adentro tiene que seguir adentro.

No me explicó más. Los que cuidan esas cosas no explican. Muestran. Dejan que el cuerpo aprenda lo que la mente no puede.

Yo aprendí con el cuerpo.

Lo primero que aprendí fue el calor. Las piedras tienen calor en ciertos puntos de su superficie. No el calor del sol, que es uniforme y disminuye con la sombra. Este es un calor que viene de adentro, que sigue los contornos de los tallados, que el dedo puede seguir como si siguiera una vena de sangre caliente bajo la piel de algo que respira.

Lo segundo que aprendí fue el pulso.

Debajo del calor, si la mano se queda quieta el tiempo suficiente, hay algo que late. Lento. Muy lento. No como mi corazón. Como el corazón de algo que lleva durmiendo mucho tiempo y que se mantiene dormido porque tiene que mantenerse dormido.

Yo no le rezo a ese latido. No como a un dios ni como a un espíritu. Le ofrezco cosas —plantas, agua del río— de la manera en que se ofrece algo a cualquier cosa viva que uno quiere que siga bien. El mismo modo en que se da agua a un árbol. No porque el árbol sea un dios. Porque el árbol está vivo y necesita agua para seguir estando vivo.

Lo que hay adentro de esas piedras está vivo. Necesita que alguien lo recuerde. Mi madre lo recordaba. Yo lo recuerdo. Cuando yo me vaya, no sé quién lo recordará.

Esta es mi preocupación, Padre Vicario. No el proceso que usted lleva contra mí. No lo que me vaya a pasar. Sino quién va a recordar cuando yo ya no esté.

La noche del veintitrés, cuando vi la luz del manglar por la ventana de la celda, entendí que alguien más sabía. Que había otras mujeres —no de aquí, no de mi tradición, de otra tradición completamente distinta— que habían llegado al mismo lugar al que yo llevo cuarenta años llegando por un camino diferente.

Y que el trabajo que hicieron esa noche, que le costó lo que les costó —que yo escuché desde la celda— era el mismo trabajo que mi madre y su madre y la madre de su madre hemos estado haciendo desde que hay memoria.

Solo que ellas lo hicieron completo.

Yo solo lo mantenía tibio.

No sé si lo que ellas hicieron alcanzó. No sé si el sello está completo o si solo dura un tiempo y habrá que volver a hacerlo.

Lo que sí sé es que si nadie recuerda —si yo me voy y nadie sabe de las piedras— el día en que el sello se debilite de nuevo no habrá nadie que esté cerca para hacer lo necesario.

Eso es lo que le pido, Padre Vicario. No misericordia para mí. Le pido que guarde este papel. Que lo guarde en algún lugar donde alguien lo pueda encontrar si alguna vez lo necesita. Que en ese papel esté escrito que hay piedras en el río de Jayuya que tienen marcas y que esas marcas siguen el contorno de algo que late adentro, y que ese latido no debe parar.

Si para, Padre Vicario, lo que saldrá no tiene nombre en su idioma ni en el mío.

Francisca

(Debajo de la firma, en la misma mano pero en una letra que el escribano describió como “de trazo diferente, más apretado, como de quien escribe en estado de urgencia”, hay tres líneas en un idioma que el Padre Vicario identificó como taíno ceremonial y que no pudo traducir. El lingüista al que se las mostró dijo que no correspondían al taíno que él conocía, que era un registro más antiguo. Las tres líneas permanecen sin traducción en el expediente.)

Documento VI: La determinación del Padre Vicario contra Francisca

Determinación del Padre Vicario Juan de Espinosa
28 de junio de 1591

Habiendo examinado el presente expediente y los testimonios en él contenidos, el Padre Vicario Juan de Espinosa determina:

Que la acusada Francisca, india bautizada, ha incurrido en prácticas contrarias a la fe cristiana al mantener comunicación con ídolos de piedra de origen pagano, al hablar en lengua ceremonial de los indios viejos y al atribuir a piedras con marcas propiedades que solo pueden corresponder a obras del Adversario.

Que la acusada no ha mostrado arrepentimiento suficiente ni ha reconocido el error de sus prácticas.

Que en consecuencia se ordena:

La destrucción de las plantas y yerbas incautadas a la acusada, que serán quemadas.

La destrucción de la piedra con marcas, que será arrojada al mar.

Que la acusada sea puesta en penitencia de treinta días de reclusión y ayuno, al cabo de los cuales deberá comparecer ante el Padre Vicario para confirmar su renovación en la fe.

Que queda prohibido a la acusada subir al monte de ahora en adelante bajo pena de penas más graves.

El Padre Vicario firma el presente documento a veintiocho de junio del año de mil y quinientos y noventa y uno.

Documento VII: Las anotaciones marginales y la muerte de Francisca

Anotaciones marginales posteriores a la determinación

Primera anotación —letra del Padre Vicario:

La piedra fue entregada al soldado Marcos Vega para ser arrojada al mar. El soldado Vega la llevó hasta la orilla y no pudo arrojarla. Dijo que se le quedó pegada en la mano. Que tuvo que abrir los dedos uno por uno. Que la piedra cayó al agua y no se hundió de inmediato sino que flotó un momento, como dudando, antes de irse al fondo. No sé qué hacer con esto.

Segunda anotación —misma letra:

Las plantas fueron quemadas. El humo que produjeron olía a algo que no he olido antes. No a plantas. A piedra mojada. A algo antiguo. Dos de los soldados que estuvieron presentes en la quema dijeron después que esa noche soñaron lo mismo: un río en el interior de la isla, una piedra enorme cubierta de marcas, y una sensación en el pecho que describieron como el corazón latiendo en el lugar equivocado.

Tercera anotación —fecha posterior, letra distinta, más apresurada:

Francisca no cumplió la penitencia completa. En el día quince fue encontrada muerta en la celda de reclusión. No había señales de violencia. El médico dijo que había muerto de fiebre aunque no parecía haber tenido fiebre ninguno de los días anteriores. Tenía los ojos abiertos. Las manos juntas sobre el pecho, en la postura de quien reza.

Entre los dedos de la mano derecha tenía una hoja. No de las que fueron quemadas —esas ya no existían. Una hoja nueva. Verde. Fresca.

Que olía a piedra mojada.

No sé cómo llegó esa hoja a sus manos. La celda estaba cerrada. No había ventana por la que algo pudiera entrar. Nadie la visitó en los días anteriores.

Guardé la hoja en este expediente.

Al pie de esta anotación, alguien —con letra que no corresponde al Padre Vicario ni al escribano ni a nadie identificado en el expediente— escribió una sola línea:

Lo que cuida esta isla no abandona a quienes la cuidan.

Nota final del expediente, posiblemente del archivo eclesiástico, fecha ilegible:

Este expediente fue transferido al Archivo General de Boriquén en el año de dieciséis y nueve. En la hoja que la acusada Francisca tenía entre los dedos al morir —y que se incluye en el expediente envuelta en el mismo paño donde estuvo la piedra— se encontraron, en la superficie de la hoja, marcas que ningún botánico ha podido identificar como naturales del proceso de la planta.

Son espirales.

Que giran hacia adentro.

El paño donde está guardada la hoja sigue tibio al tacto.

Ciento cuarenta años después de la muerte de Francisca, sigue tibio al tacto.

Se recomienda no tocar el paño.

Qué es historia documentada y qué es invención literaria en este relato

Los documentos arriba transcritos son invención literaria construida sobre hechos reales. En 1591, Puerto Rico todavía no tenía un tribunal inquisitorial dedicado en la región: el Tribunal del Santo Oficio de Cartagena de Indias no se fundaría hasta 1610, cuando la Corona le otorgó jurisdicción sobre el obispado de Puerto Rico junto con otros territorios del Caribe y Nueva Granada. Antes de esa fecha, casos como el de Francisca eran procesados, tal como se retrata aquí, por la jurisdicción episcopal ordinaria: el obispo o, en su representación, un vicario, actuando directamente como juez eclesiástico sobre asuntos de fe y costumbre —exactamente el papel que cumple el Padre Vicario Juan de Espinosa en este expediente. Casos de “hechicería” y prácticas indígenas sincréticas fueron procesados de esta manera durante el período colonial temprano en la isla, y más tarde, a partir de 1610, bajo la jurisdicción formal del Tribunal de Cartagena.

El Archivo General de Puerto Rico guarda documentos eclesiásticos del siglo XVI cuyo contenido completo no ha sido exhaustivamente estudiado. Francisca es personaje ficticio del Boriverse. Lo que ella representaba —el último eslabón de una cadena de custodios informales de la conexión con las piedras de Jayuya— es la pieza que explica por qué, cuatro siglos después, Gabriel Santos tuvo que reconstruir ese conocimiento desde cero. La hoja que llegó a sus manos y el paño que sigue tibio pertenecen a la lógica narrativa del Boriverse, no a ningún archivo real. La Piedra Escrita en Jayuya, a orillas del Río Saliente, sí existe. Sus petroglifos sí incluyen espirales que giran hacia adentro.

Pum-pum.
Desde adentro de la piedra.
Desde 1591.
Desde antes.

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Solo faltaba quien lo escribiera.
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