Caona y Guarú

Caona y Guarú

Boriverse

(Oswar Nieves © 2026)

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Quick Summary

El relato narra el nacimiento simultáneo de una hutía llamada Caona y un perro Aón llamado Guarú en un yucayeque taíno, y cómo ambos animales, pese a que sus especies estaban destinadas a ser depredador y presa, desarrollan un vínculo de amistad al encontrarse siendo cachorros en la franja de tierra donde el monte y el poblado se tocan. Yari, hija del behique, es testigo de esta relación inusual. La historia es mitología ficticia del Boriverse construida sobre la base real de que la hutía puertorriqueña (Isolobodon portoricensis) y el perro Aón convivieron en la isla durante milenios, aunque ambos hoy están extintos o desaparecidos como razas puras.

  • La hutía puertorriqueña (Isolobodon portoricensis) y el perro Aón son especies reales que convivieron en Puerto Rico durante milenios.
  • La hutía está extinta actualmente y el Aón desapareció como raza pura, aunque la historia narrada es mitología ficticia del Boriverse.
  • La trama sigue a Caona, una hutía, y Guarú, un cachorro Aón, que nacen el mismo verano y forman un vínculo de amistad poco común entre presa y depredador.
  • El encuentro entre ambos animales ocurre en una franja de tierra fronteriza entre el monte salvaje y el yucayeque (poblado taíno), un espacio que no pertenece completamente a ninguno de los dos mundos.
  • Yari, hija del behique, es quien nombra al cachorro Guarú y luego descubre el inusual vínculo entre los dos animales.

Tabla de contenido

Una historia del tiempo en que la isla todavía tenía todo lo que necesitaba

Lo que sigue es mitología del Boriverse, construida sobre hechos reales: la hutía puertorriqueña (Isolobodon portoricensis) existió. El Aón existió. Vivieron juntos en esta isla durante milenios. La hutía está extinta hoy. El Aón desapareció como raza pura. Esta es una historia sobre lo que pasó entre los dos.

Caona y Guarú: cómo nacieron la hutía y el Aón el mismo verano

La hutía nació en la oscuridad de un hueco de ausubo, en la noche de la primera lluvia del verano, con los ojos cerrados y el cuerpo tan pequeño que cabía en la palma de una mano.

Su madre la llamó Caona porque su pelo tenía, cuando le daba el sol de la mañana, un tono cálido que recordaba el oro que los taínos usaban para adornar a sus caciques. Caona no entendió el nombre por semanas, no hasta que fue lo suficientemente grande para trepar a la entrada del hueco y ver el mundo por primera vez: el monte denso y verde del karso, el río que brillaba entre las piedras más abajo, y al borde del monte, donde los árboles empezaban a ceder espacio a la tierra trabajada, el yucayeque.

De ese yucayeque venían olores que su madre le había enseñado a reconocer: el casabe cocinándose en el burén, el fuego que nunca se apagaba del todo, y algo más difícil de describir, algo que su madre siempre detectaba antes de que Caona pudiera siquiera procesarlo, y que hacía que su madre dijera: adentro. Quieta. No te muevas.

Ese olor era el del Aón.

El Aón nació en el mismo verano, en el interior del yucayeque, en una cama de hojas secas que la perra más vieja del grupo había preparado con la paciencia de quien ha hecho esto antes y sabe exactamente cuántas hojas hacen falta. Nació último de la camada. El más pequeño. El más curioso desde el primer día, levantando la cabeza hacia los sonidos del mundo exterior desde las primeras horas de vida, antes de que sus ojos pudieran ver.

La niña que lo encontró primero tenía ocho años y se llamaba Yari. Yari era hija del behique y por lo tanto había crecido entendiendo que los animales del yucayeque no eran simplemente animales sino parte de algo más grande que ella todavía estaba aprendiendo a leer. Pero ese entendimiento no le impedía, cuando encontró al cachorro más pequeño de la camada mirando el mundo con ojos todavía azules que pronto se volverían color tierra, dejarse caer de rodillas en la tierra del yucayeque y decirle al cachorro, en el tono que los niños usan para las cosas que ya han decidido que les pertenecen:

—Te llamas Guarú.

El cachorro la miró.

Yari decidió que ese era un sí.

El primer encuentro entre la hutía Caona y el cachorro Aón

Había un lugar al borde del yucayeque donde el monte y la vida humana se tocaban sin que ninguno de los dos cediera del todo. Una franja de árboles jóvenes y maleza donde las raíces del conuco se mezclaban con las raíces del bosque, donde los frutos caídos de los árboles salvajes se mezclaban en el suelo con los restos del trabajo de la gente. Un lugar que pertenecía a los dos mundos y por lo tanto, de cierta manera, no pertenecía completamente a ninguno.

Era el lugar donde Caona aprendió a buscar su comida cuando su madre la fue soltando sola por primera vez. Las raíces eran buenas ahí. Los frutos caídos. El suelo húmedo lleno de cosas pequeñas y nutritivas que un roedor con buen olfato podía encontrar sin mucho esfuerzo.

Era también el lugar donde Guarú aprendía a rastrear. Siguiendo olores con el hocico pegado a la tierra, tropezando con sus propias patas todavía desproporcionadas para su cuerpo, perdiendo el rastro y encontrándolo de nuevo.

Se encontraron en esa franja de nadie un día de septiembre, cuando los dos tenían aproximadamente tres meses de vida.

Caona lo vio primero. Estaba comiendo un guayabo caído cuando levantó la cabeza y encontró, a cuatro metros de distancia, algo que olía a Aón pero que no era como el Aón adulto que su madre le había enseñado a temer. Era pequeño. Era torpe. Tenía las orejas demasiado grandes para su cabeza y estaba mirándola con unos ojos que contenían más curiosidad que cualquier otra cosa.

El instinto le dijo: corre.

Pero el instinto de un animal de tres meses no tiene todavía toda la urgencia que tendrá cuando el animal crezca. La curiosidad, a esa edad, compite con el instinto en condiciones más o menos iguales.

Caona no corrió.

Guarú tampoco se lanzó. Olía a hutía —lo sabía de alguna manera, aunque nadie le había dicho exactamente cómo olía una hutía, porque el conocimiento de los olores está en el cuerpo antes de que nadie te lo enseñe—. Pero la hutía no estaba corriendo. Y si la hutía no corría, el instinto de perseguir no tenía dónde anclarse.

Se quedaron mirándose durante lo que pudo ser un minuto o pudo ser más.

Luego Guarú se sentó.

No porque lo hubiera decidido. Porque las patas delanteras que había extendido hacia ella se cruzaron solas y lo dejaron sentado con una expresión de ligera sorpresa, como si su propio cuerpo lo hubiera traicionado con la torpeza de los muy jóvenes.

Caona hizo un sonido que no era exactamente risa porque las hutías no ríen, pero que tenía la misma calidad de alivio y sorpresa que tiene la risa.

Guarú movió la cola.

Eso fue todo. Así empezó.

Yari, la hija del behique, y el pacto de silencio entre especies

Yari los encontró juntos tres días después, en el mismo lugar.

Los encontró jugando. No el juego de persecución que debería haber ocurrido entre ellos —la hutía huyendo, el Aón corriendo, el instinto de cada uno cumpliendo su función—. Un juego que no tenía categoría en ningún sistema de comprensión del mundo natural que Yari conociera: Guarú fingía lanzarse hacia Caona y Caona fingía esquivarlo y los dos terminaban tumbados en el suelo con la misma energía agotada y satisfecha de quien ha corrido exactamente lo suficiente.

Yari se quedó quieta mucho tiempo mirándolos.

Era hija de behique. Sabía leer señales. Y lo que estaba leyendo en ese momento era algo que no estaba en ninguno de los conocimientos que su padre le había transmitido hasta ahora: dos animales que se suponía enemigos, en el juego que se supone que solo tienen quienes se han elegido.

Podría haberlos separado. Podría haber dicho algo, podría haber hecho el gesto que haría que Guarú regresara al yucayeque y Caona huyera al monte. Pero no lo hizo.

En cambio, se sentó en el suelo con la espalda contra un árbol joven, y sacó de la bolsa que cargaba siempre un pedazo de casabe y lo partió en dos y le extendió un pedazo a Caona primero, y luego el otro pedazo a Guarú.

Caona la miró durante un momento largo.

Luego se acercó y tomó el casabe.

Guarú ya estaba comiendo el suyo.

Yari sonrió con la cara entera, del tipo de sonrisa que los niños tienen cuando descubren que el mundo puede ser más interesante de lo que los adultos les han explicado.

—No le digo a nadie —susurró, a los dos o a ninguno de los dos o al monte en general—. Promesa.

El verano en que una hutía y un Aón aprendieron a confiar

Ese verano fue el mejor de la vida de Caona.

Aprendió cosas que ninguna hutía le enseña a otra hutía porque ninguna hutía tiene acceso a ellas: aprendió que los humanos de la franja fronteriza, cuando son niños, huelen a tierra y a fruta y a algo cálido que no tiene nombre pero que no es peligroso. Aprendió que la mano de Yari, extendida con comida, era exactamente tan segura como parecía. Aprendió que Guarú, a pesar de todo lo que su instinto le decía que debería ser, no iba a hacerle daño.

Eso último fue lo más difícil de aprender. No porque Guarú no lo mostrara con claridad, sino porque el miedo que el instinto tiene a los depredadores no se borra de un día para otro. Se erosiona. Lentamente. Con cada encuentro donde la amenaza no llega. Con cada vez que Guarú estaba ahí y el peligro no ocurrió.

Caona aprendió a confiar en Guarú de la única manera en que se aprende a confiar en algo que el mundo dice que deberías temer: una vez. Y otra vez. Y otra vez. Hasta que la acumulación de veces pesa más que la advertencia inicial.

Guarú, por su parte, aprendió cosas que tampoco estaban en el entrenamiento que los adultos del yucayeque le estaban dando. Aprendió que el olor de Caona, que al principio su cuerpo quería interpretar como señal de caza, podía reorganizarse en otra categoría que no tenía nombre en el vocabulario de los Aones pero que existía igual: la categoría de lo tuyo.

No como posesión. Como pertenencia.

Lo que te pertenece y a lo que tú perteneces.

Caona era lo suyo. Eso era todo. Eso era suficiente.

Yari los visitaba casi todos los días. Les traía comida. Les hablaba, en ese tono que los niños usan con los animales que saben que no van a responder con palabras pero a los que se dirigen de todas formas porque la respuesta que importa no es verbal. Les contaba sobre el yucayeque, sobre lo que su padre le estaba enseñando, sobre los cemíes y el latido que a veces sentía bajo los pies cuando estaba cerca del río y que su padre le decía que era normal pero que a ella le parecía demasiado constante para ser normal.

Caona escuchaba la voz de Yari sin entender las palabras y entendiendo todo lo importante.

Guarú dormía con la cabeza apoyada en la pierna de Yari y un ojo siempre abierto hacia el monte.

Cuidando.

Siempre cuidando.

Cómo el instinto de caza del Aón puso a prueba su amistad con la hutía

El otoño trajo lo que siempre trae: la claridad que viene después del calor, el aire que se afina, el sentido de que el mundo está preparándose para algo.

Guarú creció ese otoño más de lo que había crecido en todo el verano. Sus patas se alargaron, su pecho se ensanchó, el hocico que antes parecía demasiado largo para su cara empezó a corresponder al tamaño de un animal que ya no era cachorro.

Y con el crecimiento llegaron cosas que Guarú no podía controlar más de lo que podía controlar el color de su pelo.

El instinto de caza, que en el verano había sido un murmullo fácil de ignorar, se hizo más fuerte. No hacia Caona —nunca, nunca hacia Caona, esa parte de su cuerpo había tomado una decisión en algún punto del verano y no estaba disponible para revisión—. Pero hacia el monte en general, hacia los olores del bosque que antes eran solo información y que ahora eran convocación.

Los adultos del yucayeque notaron el cambio y empezaron a incluirlo en las cacerías. No de hutías todavía —las hutías que se cazaban eran las del monte profundo, no las de la franja fronteriza—. Pero sí de otras presas, con los adultos que le enseñaban lo que su cuerpo ya sabía por instinto y que el entrenamiento solo organizaba.

Guarú aprendía. Era bueno en lo que aprendía.

Y cuando volvía de las cacerías al yucayeque, con el olor del monte encima y algo nuevo en la postura —algo más serio, más responsable, menos puppy y más Aón—, buscaba a Yari. Y a través de Yari, encontraba a Caona.

Y en esa franja de tierra donde el monte se tocaba con el yucayeque, algo de lo que había crecido en él durante el día se aquietaba, y volvía a ser, por el tiempo que durara la tarde, el cachorro que había visto a una hutía no correr y había decidido, sin palabras y sin proceso, que eso significaba algo.

Caona también había crecido. Era más rápida ahora, más segura en los árboles, capaz de detectar el olor de peligro antes de que el peligro llegara. Pero cuando detectaba el olor de Guarú, lo que ocurría en su cuerpo no era lo que ocurriría si detectara el olor de cualquier otro Aón.

Lo que ocurría era más parecido al reconocimiento.

Reconocer: volver a conocer. Volver a saber que esto es lo que ya sabías.

Eso es lo que Caona sentía cuando Guarú llegaba.

El día en que Guarú se interpuso entre los cazadores y Caona

Fue un día de noviembre, con el sol ya en su ángulo de temporada seca, cuando ocurrió lo que Yari había temido desde el verano sin saber exactamente cómo nombrarlo.

Un grupo de cazadores del yucayeque entró a la franja fronteriza buscando hutías para la cena. No los que normalmente cazaban en el monte profundo. Los que cazaban cerca, los que conocían que en esa franja el terreno era más fácil y las presas más frecuentes.

Caona estaba ahí. En su lugar habitual. Comiendo algo del suelo, con la guardia baja de quien lleva meses en un lugar sin que el peligro haya llegado.

Los cazadores la vieron antes de que ella los viera.

Y Guarú, que estaba en la franja también, que había llegado esa tarde como llegaba casi todas las tardes, vio a los cazadores antes de que ellos vieran a Guarú.

Lo que ocurrió en el cuerpo de Guarú en ese instante no tiene descripción exacta en ningún idioma porque es el tipo de experiencia que los animales tienen pero que el lenguaje humano solo puede aproximar con torpeza: la colisión entre dos mandatos igualmente profundos, igualmente grabados en el tejido del ser.

El mandato de la especie: eso es una hutía. Deja que los cazadores hagan su trabajo.

El mandato del vínculo: eso es Caona. No.

Guarú no deliberó. La deliberación es cosa de las mentes que tienen tiempo y distancia. Guarú actuó.

Se interpuso.

No entre los cazadores y Caona de una manera agresiva, no de una manera que pudiera confundirse con el Aón atacando a su propia gente. Se colocó simplemente, con la claridad sin drama de quien sabe exactamente dónde tiene que estar, en el espacio entre los dos.

Y se quedó ahí.

Los cazadores se detuvieron. Reconocieron a Guarú —era el Aón de Yari, todos lo conocían—. Y no entendieron. Un Aón que se ponía entre los cazadores y la presa no era algo que existiera en su experiencia.

Caona, desde detrás de Guarú, entendió antes de que su mente pudiera procesar que había entendido. Estaba quieta. No corría.

Esperando.

El cazador mayor del grupo frunció el ceño. Miró a Guarú. Miró a la hutía detrás de Guarú. Miró de nuevo a Guarú.

Y luego, con el pragmatismo de quien tiene suficiente experiencia con los animales para saber que cuando un animal hace algo inesperado hay información ahí que vale la pena respetar, hizo un gesto a los demás.

—Hay otras —dijo simplemente.

Se fueron hacia el monte más profundo.

Guarú no se movió hasta que los olores de los cazadores se disolvieron en el aire.

Luego giró hacia Caona.

Caona lo miraba con esos ojos de animal que miran completo.

Y en ese mirar pasó algo que no necesita palabras para ser comprendido porque es más viejo que las palabras: el reconocimiento de que alguien eligió. Que tuvo la oportunidad de no elegirte y te eligió. Que eso no es un accidente sino una decisión, repetida en el instante donde más importaba, que ya no puede deshacerse.

Caona se acercó.

Puso su pequeño hocico contra el hocico de Guarú.

Y los dos se quedaron así un momento, quietos, en la franja de tierra que no pertenecía a ninguno y a los dos al mismo tiempo.

Lo que Yari entendió sobre el precio de proteger a quien amas

Yari lo supo esa noche, cuando Guarú volvió al yucayeque con algo diferente en la postura. No diferente de manera que los adultos notaran. Diferente de una manera que solo alguien que lo había visto crecer desde cachorro podía leer.

Había pagado un precio. No de dolor —no había dolor—. Del tipo de precio que se paga cuando le dices al mundo que tienes algo que proteger, que ese algo importa más que la función que el mundo espera de ti.

Ese precio es siempre el mismo: que el mundo lo sabe ahora. Que la franja donde antes podían existir sin que nadie les prestara atención ya no era invisible.

Yari esa noche fue a donde dormía Guarú y se sentó a su lado en la oscuridad y no dijo nada durante mucho tiempo. Solo le acarició la cabeza con la mano que había aprendido exactamente cómo tocar a los perros del yucayeque para comunicar lo que las palabras no alcanzan.

—Tienes que cuidarla desde lejos ahora —susurró finalmente—. No puedes seguir encontrándola donde todos pueden ver.

Guarú la miró.

—Lo sé que entiendes —dijo Yari—. Siempre entiendes más de lo que parece.

Y Guarú apoyó la cabeza en el regazo de Yari y cerró los ojos con el suspiro profundo y completo que tienen los perros cuando están exactamente donde quieren estar.

Los años en que Guarú y Caona se encontraron a escondidas en el monte

No dejaron de encontrarse.

Pero Yari tenía razón: lo hicieron de manera diferente. Más adentro del monte, donde el yucayeque no llegaba. Caona aprendió a esperar en ciertos lugares a cierta hora. Guarú aprendió a tomar caminos que lo llevaran ahí sin que los demás lo siguieran.

Yari a veces los acompañaba. Otras veces no podía. Pero los encuentros ocurrían de todas formas, porque los dos habían aprendido, en el verano de su amistad, a encontrarse sin intermediario.

Los años pasaron.

Guarú se convirtió en el mejor Aón del yucayeque. Lo era no por entrenamiento sino porque la misma atención que le daba a Caona —esa capacidad de ver completo, de percibir sin filtros, de estar presente sin reservas— la daba también al trabajo de guardián. El yucayeque dormía más tranquilo cuando Guarú vigilaba. Los behiques lo sabían. Los cazadores lo sabían.

Caona se convirtió en la hutía más vieja de la región del karso donde vivía. Las otras hutías de su territorio cambiaban, morían, eran reemplazadas. Ella continuaba. No por suerte sola. Por algo más difícil de medir: por tener, desde joven, la certeza de que era vista y elegida. Esa certeza hace a los seres vivientes más resistentes de maneras que la ciencia no ha terminado de entender.

Yari creció. Se convirtió, como su padre, en alguien que sabía leer las cosas que el mundo dice sin palabras. Y la cosa más clara que el mundo le había dicho en toda su vida era que la amistad entre Guarú y Caona era la cosa más verdadera que había visto.

La llegada de la conquista española y el cambio del karso de Puerto Rico

El cambio llegó con olores.

Guarú lo sintió primero, como sentía todo primero: olores nuevos que venían de la dirección del mar, olores que no correspondían a nada en el repertorio de lo conocido. Algo metálico. Algo de madera quemada. Algo de animal que no era del tipo de animal que él conocía.

Caona lo sintió en el suelo. El karso tiene memoria de las vibraciones, y algo en las vibraciones del karso esos días era diferente. Más pesado. Más rápido en ciertos momentos, como si la tierra misma estuviera prestando atención a algo que se acercaba.

Yari, ya adulta, con la capacidad de su padre para leer señales y la suya propia para leer animales, vio en los ojos de Guarú lo que no podía ver todavía en el horizonte.

—¿Qué estás oliendo? —le preguntó en voz baja, sentada junto a él en el borde del yucayeque, los dos mirando hacia el monte donde Caona vivía.

Guarú no respondió. Siguió mirando.

Lo que llegó del mar fue la conquista.

No de golpe. Las cosas que cambian el mundo no suelen llegar de golpe. Llegan como llega la marea: primero un cambio en la dirección del viento, luego algo en el color del agua, luego el nivel que sube poco a poco hasta que un día el lugar donde siempre caminabas ya no existe como caminabas.

Los años que siguieron al primer contacto fueron los años más difíciles que la isla había conocido. Los yucayeques que resistieron fueron destruidos. Los que se rindieron sobrevivieron pero perdieron su forma. Las enfermedades llegaron antes que los soldados en muchos casos, matando con una eficiencia que ninguna guerra podía igualar.

El yucayeque de Yari sobrevivió varios años. Más que muchos.

Pero el karso cambió.

Los colonizadores trajeron animales nuevos. Ratas negras que bajaron de los barcos y se esparcieron por la isla con la velocidad de las cosas invasoras que encuentran un territorio sin depredadores capaces de controlarlas. Perros europeos que se mezclaron con los Aones y produjeron algo distinto. Eso fue solo el principio: la amenaza más definitiva de todas, la que remataría siglos después lo que las ratas habían empezado, todavía no tenía nombre ni forma en el tiempo que le quedaba a Guarú y a Caona. Llegaría mucho después, cuando ya nadie recordara sus nombres.

Las hutías, que habían sobrevivido en los huecos del karso durante milenios, empezaron a perder la ventaja que siempre habían tenido: no tenían defensa contra las ratas que ahora competían por su espacio y su comida, ni contra los nuevos predadores que no conocían los límites no escritos que el Aón había aprendido a respetar.

Caona lo sentía. En el olor del monte que cambiaba. En los sonidos nocturnos que ya no eran los de siempre. En la escasez de las cosas que antes eran abundantes.

El último encuentro entre Guarú y Caona en el monte de Boriquén

Fue Guarú quien llegó esa tarde. Viejo ya —los años del Aón no se miden como los años humanos, y Guarú cargaba el peso de todos los suyos—. Con el pelo más gris alrededor del hocico, con las patas que ya no tenían la ligereza de antes pero que todavía lo llevaban donde necesitaban llevarlo.

Llegó al lugar en el monte donde siempre se habían encontrado.

Caona ya estaba ahí.

También vieja. Más lenta. Pero ahí.

Se miraron.

No hay manera de transcribir lo que pasa entre dos seres que se han elegido durante toda una vida y que saben, sin que nadie se los diga, que el tiempo de estar cerca se acaba. Los humanos que han vivido eso lo reconocen en lo que sigue, aunque no puedan decir exactamente qué lo hace reconocible. Es el tipo de silencio que está tan lleno que no cabe nada más.

Guarú se acostó en el suelo del monte con el cansancio de lo que ha hecho todo lo que tenía que hacer.

Caona se acercó.

Se acostó junto a él.

Como lo habían hecho una vez, cuando los dos tenían tres meses y el mundo era suficientemente nuevo para que la amistad entre una hutía y un Aón pudiera ocurrir sin que nadie lo viera venir.

El monte a su alrededor era distinto al monte de entonces. Menos denso. Más silencioso en maneras que no eran el silencio bueno sino el silencio de lo que ya no está. Pero ese trozo de tierra donde los dos estaban acostados era, por ese instante, exactamente lo que había sido siempre:

El lugar donde dos cosas que se suponía no podían ser amigas habían elegido serlo.

El lugar que no pertenecía a ningún mundo y pertenecía a los dos.

Guarú cerró los ojos.

Caona apoyó la cabeza contra el flanco cálido de él.

Y los dos se quedaron quietos, en el monte que cambiaba alrededor de ellos, sostenidos el uno por el otro en el único lenguaje que habían necesitado siempre:

La presencia.

El quedarse.

Qué quedó del Aón y la hutía puertorriqueña: el legado en el sato de hoy

La hutía puertorriqueña —Isolobodon portoricensis— está extinta.

Su desaparición fue más lenta y más larga de lo que la mayoría asume. Las ratas negras que llegaron con los primeros barcos españoles, a inicios de los 1500, iniciaron el declive: competían por el mismo alimento y no tenían depredador natural que las controlara. Pero la evidencia arqueológica sugiere que la hutía resistió ese primer golpe durante siglos, refugiada en los huecos del karso donde Caona había vivido. El factor que finalmente la empujó a la extinción total fue posterior y distinto: la mangosta pequeña de la India, introducida en el Caribe recién en la década de 1870 para controlar las ratas que devastaban las plantaciones de caña —no las serpientes, como a veces se cree—. Los investigadores sitúan la extinción final de la hutía en algún punto entre finales del siglo XIX y los primeros años del XX, casi cuatro siglos después de que Guarú y Caona se despidieran en aquel monte.

El Aón desapareció como raza pura en un período más temprano, mezclándose con los perros europeos durante los siglos de la colonia.

Sus descendientes son los satos.

Los satos de Puerto Rico son famosos, entre quienes los estudian, por una característica que los diferencia de los perros de la mayoría de los otros lugares: su tendencia a elegir. No a depender, no a obedecer simplemente, sino a mirar a un humano y tomar la decisión activa, con toda la inteligencia que tienen, de que ese humano es el que merece ser acompañado.

Nadie ha explicado satisfactoriamente por qué el sato puertorriqueño tiene esa tendencia en particular.

Quizás sea el Aón.

Quizás sea el recuerdo, transmitido de generación en generación en la sangre mezclada de todas las cosas que el Aón fue, de que la elección importa más que el instinto. De que lo tuyo es lo tuyo porque lo elegiste, no porque el mundo te lo asignó.

Quizás es todo lo que Guarú dejó cuando se fue: la demostración, una sola vez y con todo lo que tenía, de que es posible pararse entre el mundo y lo que amas y decir: no. No hoy. No a esto.

Y el mundo, sorprendido, se detuvo.

Yari vivió mucho tiempo. Más de lo que muchos de su generación vivieron. Y en los últimos años de su vida, cuando el yucayeque de su infancia ya era solo un recuerdo y el mundo había cambiado de maneras que no habría podido imaginar de niña, hacía una cosa que sus propios hijos no entendían del todo.

Cada cierto tiempo, sola, caminaba hasta el borde del monte que quedaba cerca de donde habían construido su nueva vida. Se sentaba en la tierra. Y esperaba.

Nadie llegaba nunca.

Pero sus hijos decían que en esos momentos, cuando su madre estaba sentada así en el borde del monte mirando hacia los árboles, tenía en el rostro la misma expresión que había tenido toda su vida cuando algo era completamente verdadero y completamente bueno.

Como si lo que esperaba ya hubiera llegado.

Como si lo que esperaba nunca se fuera a ir del todo.

Qué es historia documentada y qué es invención literaria en este relato

La hutía puertorriqueña está catalogada como especie extinta, con evidencia que sitúa su desaparición final entre finales del siglo XIX y principios del XX, mucho después de lo que suele asumirse. El Aón está catalogado como raza extinta, diluido en la mezcla con los perros europeos durante el período colonial. Ambos son mencionados en los registros de la conquista y documentados arqueológicamente. La introducción de la mangosta pequeña de la India al Caribe en la década de 1870 para el control de ratas en las plantaciones de caña es un hecho histórico real. Los personajes de Caona, Guarú y Yari son invención literaria del Boriverse.

Los satos de Puerto Rico enfrentan hoy una crisis de sobrepoblación y abandono que organizaciones de rescate luchan por atender, especialmente después de los huracanes que han sacudido la isla en años recientes. Si esta historia te llegó, puedes apoyar el trabajo de Amigos de los Animales Puerto Rico, Save a Sato, y otras organizaciones que cuidan a los descendientes del Aón.

El amor no desaparece cuando desaparece quien lo cargaba.
Se queda en quien fue amado.
Y en quien los vio amarse.

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Puerto Rico siempre fue un universo.
Solo faltaba quien lo escribiera.
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