El sonido de una pala arrastrándose en la oscuridad
Hay frases que sobreviven a las personas que las dijeron por primera vez. “Se lo llevó Pateco” es una de ellas. La escuchamos en la sala de la casa de la abuela, en el chiste de un tío cuando algo sale mal, en la broma entre panas cuando alguien pierde el autobús o el examen. Pocos boricuas que la repiten hoy saben que detrás de esa expresión hay un cementerio real frente al mar, un huracán que mató a miles, y un hombre —o la sombra de un hombre— que cargaba los muertos cuando nadie más quería acercarse a ellos.
Esta es la historia real detrás de Pateco. No la leyenda exagerada que circula en redes, sino lo que la documentación histórica nos permite reconstruir, y lo que queda honestamente en el territorio de la tradición oral.
El lugar: un cementerio construido de cara a la eternidad
Para entender a Pateco, primero hay que entender dónde camina.
El Cementerio Santa María Magdalena de Pazzis no es un cementerio cualquiera. Antes de que existiera oficialmente, ya había un “Cementerio Provisional” en ese mismo terreno desde 1845, producto de una preocupación muy de la época: para finales del 1700 y principios del 1800, las potencias europeas habían empezado a entender que enterrar a los muertos dentro de las ciudades —muchas veces dentro de las propias iglesias— era un problema de salud pública. En 1784, el rey Carlos III prohibió los enterramientos dentro de los templos. San Juan no fue la excepción: la ciudad escogió en 1814 un predio fuera de las murallas para sus muertos, y el cementerio fue bendecido el 27 de mayo de ese año.
La construcción del cementerio que conocemos hoy comenzó en 1863 bajo la dirección de Ignacio Mascaró, abrió sus puertas en 1865, y se expandió en 1884. Está ubicado justo al lado del Castillo San Felipe del Morro, fuera de las murallas centenarias de la ciudad amurallada, con el Océano Atlántico de frente. Esa ubicación no fue casualidad ni solo cuestión de espacio disponible: representaba, según la tradición católica de la época, el último viaje del alma cruzando hacia el más allá, con el mar como frontera simbólica entre la vida y la eternidad.
Hoy, ese cementerio es considerado uno de los más bellos del mundo. Sus mausoleos de mármol, sus esculturas centenarias y sus criptas albergan a próceres, escritores, músicos y figuras históricas de Puerto Rico. Es, literalmente, un museo al aire libre. Y es ahí, entre esas tumbas frente al mar, donde nace nuestra historia.
El año en que la muerte llegó en masa: San Ciriaco, 1899
El 8 de agosto de 1899, un huracán llamado San Ciriaco golpeó Puerto Rico con una furia que la isla no olvidaría jamás. Los vientos huracanados y las lluvias torrenciales provocaron inundaciones catastróficas en toda la isla. El saldo fue devastador: más de 3,000 personas perdieron la vida, y miles más quedaron sin hogar, sin alimento, sin manera de empezar de nuevo.
Puerto Rico, apenas un año después de haber pasado de manos del imperio español al gobierno de Estados Unidos, enfrentaba ahora una crisis humanitaria de proporciones históricas. Y donde hay tantos muertos en tan poco tiempo, surge inevitablemente otro enemigo silencioso: la enfermedad. Las condiciones sanitarias de la época eran precarias, y las autoridades sabían que los cuerpos en descomposición, las aglomeraciones en los cortejos fúnebres y la falta de control epidemiológico podían convertir una tragedia natural en una catástrofe sanitaria aún mayor.
La respuesta de las autoridades fue tan pragmática como dolorosa: limitaron la participación en los cortejos fúnebres. Las familias podían acompañar a sus muertos solamente hasta los portones del cementerio. De ahí en adelante, no podían entrar. No podían ver dónde, cómo, ni en qué condiciones se sepultaba a sus seres queridos.
Imagina por un momento esa escena. Una madre, un esposo, un hijo, deteniéndose frente a un portón de hierro, viendo desaparecer entre las tumbas el cuerpo de alguien que amaban, sin poder seguirlo, sin poder despedirse del todo. En ese vacío —ese espacio entre el portón y la tumba que ningún familiar podía cruzar— es exactamente donde nace el mito.
El hombre detrás del portón
Según la tradición oral recopilada por cronistas e historiadores puertorriqueños, había un sepulturero encargado de recibir los cuerpos en ese cementerio durante la crisis de San Ciriaco. Su nombre, o el nombre con el que la memoria popular lo bautizó, era Pateco.
Es importante ser honestos aquí: no existe un registro documental robusto, con nombre completo, fecha de nacimiento o expediente municipal, que confirme la identidad exacta de un sepulturero llamado así. Lo que sí tenemos es algo igual de poderoso para entender una cultura: una tradición oral consistente, sostenida por generaciones, que sitúa a este personaje en un contexto histórico verificable —el cementerio, el huracán, la prohibición de entrada— y que explica de forma coherente cómo una crisis sanitaria real terminó encarnada en una figura casi mítica.
Porque para los familiares que se quedaban del lado de afuera del portón, ese sepulturero no era solamente un trabajador municipal cumpliendo con una tarea necesaria. Era el último ser humano que tocaba a sus muertos. Era quien decidía, en cierto sentido, el destino final del cuerpo que ya no podían acompañar. Y cuando un pueblo no puede ver lo que pasa del otro lado de un portón, la imaginación —y el miedo, y el duelo— llenan ese vacío con historias. Así, el sepulturero dejó de ser solamente un hombre con una pala. Se convirtió en una figura que “venía a buscar las almas” cuando les llegaba su hora.
De dónde viene el nombre: dos teorías, una sola certeza
Aquí es donde la investigación se pone interesante, porque existen dos explicaciones distintas sobre el origen del nombre “Pateco”, y ambas circulan con respaldo en la tradición y en la prensa puertorriqueña contemporánea.
La primera teoría sostiene que Pateco era, sencillamente, el nombre o apodo real del sepulturero de aquella época —una figura histórica cuyo nombre quedó grabado en la memoria colectiva del Viejo San Juan.
La segunda teoría, recogida por el periódico Primera Hora en 2022, propone un origen lingüístico distinto y fascinante: que el nombre derivaría del latín “Pax tecum”, que significa “la paz sea contigo”. Esta era precisamente la frase de despedida que el sacerdote o representante católico pronunciaba en latín durante las ceremonias fúnebres de la época. Como buena parte del pueblo no comprendía el latín, esa frase repetida en cada entierro —“Pax tecum… Pax tecum…”— se fue transformando, de boca en boca, hasta convertirse en “Pateco”.
¿Cuál de las dos es la versión “correcta”? La honestidad intelectual nos obliga a decir que no lo sabemos con certeza absoluta, y que probablemente nunca lo sabremos. Lo que sí podemos afirmar es que ambas teorías comparten el mismo terreno fértil: una época de duelo masivo, un idioma litúrgico que el pueblo no dominaba, y una necesidad colectiva de ponerle nombre y rostro a la muerte para poder procesarla. Esa es, en el fondo, la función más antigua del mito: convertir lo inexplicable en algo que se pueda nombrar, contar, y hasta —con el tiempo— reírse de ello.
De la tragedia a la frase cotidiana
Lo extraordinario de “Se lo llevó Pateco” es cómo logró sobrevivir al contexto exacto que la originó. Lo que nació como una forma de procesar una tragedia sanitaria de proporciones históricas, con el paso de las décadas se convirtió en parte del lenguaje cotidiano puertorriqueño, mucho más allá de la muerte misma.
Hoy en día, cuando un equipo deportivo sufre una derrota inesperada, alguien puede decir “a ese equipo se lo llevó Pateco”. Cuando una persona pierde su trabajo de la nada, puede comentar “me llevó Pateco”. La frase evolucionó de una advertencia sobre la mortalidad a una expresión universal sobre la mala suerte, el fracaso inesperado, las cosas que simplemente “salieron mal”. Es, quizás, una de las mejores muestras de cómo el pueblo puertorriqueño ha sabido históricamente convertir hasta sus tragedias más profundas en ingenio, en humor, en idioma compartido.
Vale la pena mencionar también que en años recientes, el personaje de Pateco tuvo un renacimiento muy distinto al original: el actor puertorriqueño Teófilo Torres creó una versión teatral del personaje —con pala, saco y una botella de ron caña como atrezo— fusionando un monólogo anterior titulado “Maco, el sepulturero” (de la periodista Gloria Alonso) con el folclore histórico de Pateco. Esta versión, que utiliza la décima puertorriqueña como herramienta satírica para comentar la actualidad del país, es una creación artística contemporánea inspirada en la leyenda, no la leyenda original del 1899. Es importante distinguir ambas cosas: el Pateco histórico de finales del siglo XIX es una cosa; el Pateco trovador y comentarista social que vemos hoy en plazas y protestas es una reinterpretación artística moderna construida sobre esa base.
Por qué esta historia importa
Las leyendas como la de Pateco no son simplemente cuentos para asustar en una noche de apagón. Cumplen una función mucho más profunda en la memoria colectiva de un pueblo: conectan el presente con el pasado, mantienen viva la tradición oral, y le dan a la gente un sentido de identidad y pertenencia que ningún libro de historia oficial logra por sí solo.
La historia de Pateco es, en el fondo, el retrato de un Puerto Rico que enfrentó una de sus peores crisis —miles de muertos, un sistema sanitario colapsado, familias separadas hasta de su derecho a despedirse— y que, en lugar de dejar que esa memoria se perdiera en el silencio, la transformó en una figura, en una frase, en una historia que cada generación sigue contando a su manera.
Así que la próxima vez que alguien te diga “te va a llevar Pateco”, o “se lo llevó Pateco”, recuerda que estás escuchando el eco lejano de un huracán, un cementerio frente al mar, y un pueblo que aprendió, como ha hecho tantas veces, a convertir hasta su dolor más profundo en una historia que vale la pena contar.
¿Conoces alguna versión distinta de esta leyenda, transmitida en tu familia? El Boriverse se construye, en parte, de esas voces. Compártela con nosotros.